El ojo que todo lo ve

Septiembre 10, 2010 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

La evolución de la violencia y la inseguridad en el país no sólo ha reducido el optimismo de la ciudadanía en forma proporcional; más grave aún, ha logrado erigir con el tiempo una sociedad atemorizada, ávida de un imperioso control estatal y dispuesta a sacrificar lo que sea necesario si ése es el precio de la seguridad. Pero, ¿hasta dónde podría llevarnos el miedo? Con la intención de combatir el terrorismo y los delitos, el Reino Unido inundó sus calles con cámaras de video. Literalmente. Londres, por ejemplo, cuenta con más de 500.000 dispositivos dedicados a la vigilancia, una parte suministrada por el Ministerio del Interior de ese país y la otra es de propiedad privada. Algo así como una cámara por cada 14 habitantes. ¡Una locura! Los avances de la tecnología de la información y las comunicaciones dejan hoy recabar datos de manera fácil e inmediata, lo que les permite a los Estados amplias posibilidades de control. Esa información, además, puede circularse e, incluso, venderse, lo que parece hacer realidad los pronósticos más atrevidos de la ciencia ficción. Bendita vanguardia digital, que tanto puede servir para los fines oficiales de prevenir delitos como prestarse para flagrantes transgresiones contra nuestra intimidad.¿A costa de qué, entonces, pedimos a gritos gozarnos nuestra ciudad con tranquilidad? ¿Preferiríamos sacrificar intimidad por protección? ¿Se valdrían las autoridades de este control electrónico como un método preventivo exclusivamente? ¿Llegaremos al punto de desdibujar la diferencia abismal que existe entre vigilancia ciudadana y ciudadanos vigilados? A veces cuesta distinguir si los mecanismos que hoy se emplean denotan un retroceso inminente en nuestra sociedad o ratifican que, como la moda, todo va y viene. Por tanto, resulta inevitable esbozar una analogía con el panóptico diseñado por el filósofo inglés Jeremy Bentham en el Siglo XVIII, que impuso un modelo carcelario circular en donde, desde una torre central, un centinela podía observar a todos los reos sin que éstos se dieran por enterados. O con la sociedad con la que soñó George Orwell en su novela ‘1984’, en la que día y noche cada individuo es custodiado bajo la mirada atenta del ‘Gran Hermano’.Estas teorías sobre ese ojo que vigila, esa pupila que todo lo ve, están retomando su valor. Sesgados por la preocupación y la paranoia, es probable que vayamos sonámbulos hacia una sociedad de vigilancia absoluta. Y si no nos ponemos las pilas, esta hipótesis podría no tardar en convertirse en ley. Todo un desconsuelo que debido al maridaje entre tecnología y sociedad contemporánea -supuestamente libre y democrática-, el Estado vea la necesidad y pueda llegar a justificar su capacidad invasiva. Lo que quiere decir que no sólo existiría un control absoluto sobre la vida cotidiana de cada persona y que todos seríamos sospechosos, también empezaría a privatizarse el espacio público.Aunque ilusorio, qué gratificante que llegara el día en que la sociedad sea capaz de autorregularse y que cada individuo viva en un constante proceso de ‘rehabilitación’, en donde tenga la conciencia y la espontaneidad de ser cada vez más mejores ciudadanos, miembros de familia, trabajadores, independientemente de qué ojo tengamos encima nuestro. Nuestro problema, más que social, es de actitud. Cuidado. Así crea que está solo en la oficina, en casa o en un parque leyendo esta columna, alguien podría saber con quién está, en qué posición se encuentra y, casi, lo que puede estar pensando. O es posible que vivamos ya en una sociedad vigilada y aún no nos damos cuenta.

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