El agua, una quimera

Septiembre 04, 2015 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Casi que al mismo ritmo de este mundo cambiante y en permanente evolución, crecen –o se supone deben hacerlo- los estándares de progreso y bienestar. Pero confunde el significado de estos dos conceptos, así como la congruencia en su propósito constructivo, cuando hoy lo que verdaderamente vemos que aumenta es el egoísmo, la codicia y la desmesura, producto de una gran mayoría de personas que establecieron (¿o implantaron?) modelos de vida insostenibles. Entonces ir en contravía, a un vaivén diferente al del mundo, poco o nada permite alcanzar dichos estándares. Para Tales de Mileto el agua es el principio de todas las cosas. Y si lo pensamos bien, no importa quiénes seamos o qué hagamos, dependemos de ella y la necesitamos todos los días para las actividades cotidianas. Además de asearnos e hidratarnos, el agua es esencial para transportarnos, para producir alimentos, para la irrigación y la industria; también es vital para los suelos, las plantas y los animales. Quizás por eso pensamos que el agua siempre está ahí, lista para nosotros, 24/7; es un beneficio, un privilegio mejor, del cual nos sentimos dueños y amos y al que obviamos porque lo creemos garantizado. Se nos olvida que el del agua y el de la vida son un mismo ciclo y sin pensar en eso, quizás, la respetamos cada vez menos.El poeta colombiano Fernando Soto Aparicio sentó una voz de alerta sobre un problema que por la época en la que fue escrito ‘Réquiem por el agua’, hace poco más de un cuarto de siglo, apenas empezaba a insinuarse. Como siempre, se dio por sentado y hoy sus palabras no se pueden acercar más a la realidad y a nuestro futuro próximo. “El agua ha muerto. Antaño caminaba sencillamente sin ningún asombro (…), iba desde las eras hasta el trigo (…), pasando por septiembre iba hasta agosto (…), agua que circulaba todo el año. (…) Y ahora el hombre está sólo frente a la desolación que ha ido sembrando en el paisaje (…). El pasto, por el agua, era verde y la distancia era azul por el velo del agua (…), el agua era el alma de la Tierra (…) y ahora la Tierra se ha quedado sin alma.” ¿Somos realmente conscientes del uso y cuidado que le damos al agua, sobre todo en momentos en los que padecemos de una sequía larga e indefinida? Para nada. Preocupa más el alza del dólar que la disminución del agua. Por ello sí hay sollozos y planes estratégicos previendo un futuro “aterrador”. Me pregunto si no se dan cuenta que el panorama por este lado, el de la falta de agua, es muchísimo más que aterrador. Pero qué va, ante la sequía, el verano y el fenómeno del niño despilfarramos a nuestro antojo este recurso vital; y mientras tanto, nuestros siete ríos agonizan y, con ellos, una parte de nosotros. Si supieran aquellos que se quejan de que no podrán viajar con tanta frecuencia a los Estados Unidos y llenarse de aperos, que la verdadera riqueza la posee quien goza del agua en abundancia. No es descabellado ni estamos lejos de que el agua, su existencia, su caudal, su libre uso será, más temprano que tarde, una quimera. Aunque el agua es un derecho humano, protegerla es nuestro deber. Al menos es lo único que podemos hacer, mientras muchos nos preguntamos cuándo será que los candidatos pondrán sus propuestas sobre este tema en el centro del debate, uno tan neurálgico como abandonado. ¿Cuál es el compromiso? Porque algún día no habrá otro chance pero ojalá para entonces, le queden unos buenos dólares en los bolsillos para ir a comprar agua –y embotellada- a los Estados Unidos.

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