Desbocados

Julio 25, 2014 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Un sabor agridulce deja la decisión del alcalde Guerrero y la gerente de Corfecali, Luz Adriana Latorre, de suspender este año la cabalgata de la Feria, uno de los eventos decembrinos que hace parte de nuestras raíces, tradiciones y uno de los más reconocidos del continente. Aunque no soy para nada partidaria de acabar con las actividades de ciudad, pues siempre he pensado que hacerlo representa las propias incapacidades de sus gobernantes de garantizar todo lo necesario para el disfrute sano de sus habitantes, debo decir que esta es una determinación acertada. La cabalgata, con más de 50 años de historia, se convirtió con el pasar de los años en una oda al maltrato y el desorden. Cada fin de año era ostensible el aumento de cifras de jinetes lastimados -o muertos en el peor de los casos-; de caballos heridos, fracturados y hasta mutilados; de caballistas y espectadores indisciplinados, que bajo la euforia de los excesos del alcohol, se involucraron en guerras de espuma, harina, insultos y amenazas; además de los robos y riñas callejeras, que también se suman a esta desagradable lista.Aunque estos comportamientos no son nuevos, sí se han acentuado con el tiempo. Hace ocho años salí por primera y última vez a una cabalgata de la Feria de Cali. Digo salir porque no la disfruté en lo más mínimo. Desde antes de empezar ya los jinetes estaban borrachos y se sentía un ambiente tenso entre varios de los participantes, que no cesó durante todo el camino. Recibí insultos, también empujones y fuetazos, por no dar espacio o por no recibir trago de un desconocido. Vi cómo se colaban caballos, también a un tipo golpeando a su mujer porque otros la piropeaban, a jóvenes agarrados unos a otros porque sí y a niños llorar porque quedaban asfixiados entre el público. Aprecié la brusca sensación de tener espuma en mis ojos (que terminó en una visita al especialista), el dolor de recibir botellazos y el asco de sentirme manoseada por hombres y mujeres que no tuvieron ningún reparo en mandar la mano así acelerara el paso. En esa oportunidad el balance fue de dos caballos muertos y muchas personas heridas; el mío, nunca volver a presenciar este evento, que casi parece Sodoma y Gomorra. Y así fue. Qué triste que un evento tan maravilloso como una cabalgata saque lo más ruin del ser humano; y muy desafortunado que a las autoridades, de una forma u otra, la situación se les salió de las manos y les ganaron los desadaptados.No en vano, los caleños fuimos perdiendo cariño y respaldo a este evento, que hace mucho dejo de ser atractivo y lúdico. Desde varios sectores de la sociedad se cuestionó su existencia y se pidieron soluciones, pues lo que significaba la cabalgata perdió su esencia. Me acuerdo que en la década de los 80, cuando empecé a asistir como espectadora, esta fiesta era un verdadero espectáculo. La gente, en familia y en calma, se agolpaba en las calles a disfrutar viendo pasar comitivas de clubes, centros ecuestres y carabineros, seguidos de jinetes aficionados, todos con caballos bien tenidos y bien manejados. Era un plan delicioso que se esperaba cada año y se vivía con intensa alegría. Aunque la suspensión de la cabalgata le cierra espacios a tantos desmanes y responde a lo que mejor le conviene a la ciudad, esa no debe ser la salida –la más fácil-, pues lo que las administraciones deben lograr es que las cosas funcionen. De ser así, hace rato estuvieran clausurados los partidos de fútbol, los conciertos, en fin. ¿Cómo garantizar que lo mismo no sucederá con otros eventos de ciudad? Cali debe recuperar su esencia. ***Paréntesis: No entiendo por qué la celeridad con la que la Alcaldía suspendió la cabalgata no es la misma que ha tenido con la restitución de carretillas. La Secretaría de Tránsito prometió la entrega de más de 150 vehículos y hoy, 10 meses después, no ha entregado el primero. ¿Qué espera?

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