Deja vu

Deja vu

Julio 24, 2015 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

No entiendo de dónde sacan los de la Oficina de Pasaportes que el trámite para expedir este documento volvió a la normalidad. Me pregunto cuál normalidad. ¿La misma de hace seis meses, de hace un año, de hace cinco años? Si pensaron que con el Pico y Placa se iba a desatrancar la vuelta, se equivocaron. El remedio no curó la enfermedad, ni siquiera sirvió como paliativo. El tema es más neurálgico. Y no es de ahora, tampoco de meses atrás, es un problema enquistado hace muchos años. Visitar esa ala de la Gobernación, la de los Pasaportes, es como vivir en un eterno deja vu, en donde las demoras, el caos y la deficiencia hacen siempre parte de la imagen.Los tramitadores son incisivos. Abordan y acorralan. Hablan con tanta propiedad, tiran tanta información, que su discurso enreda a una gran mayoría de ciudadanos, que poca claridad tienen de cómo funcionan estos procesos administrativos. Venden cupos, cobran por puestos y algunos hasta alquilan muletas o sillas de ruedas para priorizar la atención (como si adentro esto fuera relevante. No hay prelación para discapacitados, adultos mayores o mujeres con bebés). Estos personajes cobran entre 30 y 50 mil pesos por persona, sin incluir la propina que además exigen. Justo en la entrada de la oficina hay un letrero grande: ‘No utilice intermediarios. El trámite es personal. No fomente la corrupción. Un mensaje de la Gobernación del Valle’. Nadie más que ellos, con la anuencia de las autoridades, la alimenta a borbotones. Todo sucede frente a sus narices, conocen los personajes, no ven a los colados ni oyen a quienes los señalan. Ni funcionarios ni policías ponen orden y la responsabilidad se la transfieren de uno a otro. Adentro el Caos se vive con c mayúscula. Nada se concentra en un solo sitio. Hay un lugar para tomar el turno, otro para hacer la primera consignación, otro para verificar la documentación, otro para tomar la foto y huella, otro para hacer el último depósito. Y entre ellos, odiosas filas en donde se oyen funcionarios discutiendo por las incompetencias de cada uno; a otro pidiendo paciencia (¿más?) porque el sistema se cayó (¡qué novedad!); todos dando instrucciones de forma displicente, como si se tratara de un favor. También se escuchan silbidos, gritos, insultos, se ven empujones. Todo en sí es incómodo, no hay baños ni cambiadores para bebés, el aire acondicionado es escaso, hay pocas sillas, muchas quebradas, ninguna salida de emergencia. Y entiende uno, por esto y tantos motivos, por qué no hay fluidez. Sacar un pasaporte no puede generar tantas desavenencias. Los cambios en materia de atención, un mejor acceso a los procesos, la apertura de más sedes, la innovación en nuevas tecnologías son esenciales para mitigar un poco ese deja vu contante en el que vivimos gracias a una labor anquilosada y negligente. ***Paréntesis: Desmedida la polémica en contra de Masglo y sus geniales nombres de esmaltes. Y no menos absurda que haya pasado de una discusión en redes sociales a inundar los medios de comunicación y provocado firmas, derechos de petición y demandas. Es ridículo que la estrategia comercial de una marca, con años de éxito y recordación, la lleve a ser tildada de sexista y misógino. Tan ridículo como que una mujer, un día, se sienta ofendida, trastornada y tome como personal un rótulo que es meramente comercial. A veces saltamos por todo, a veces por nada. Lo cierto es que muchísimas de esas mujeres que se escandalizaron por el nombre de unos simples esmaltes para uñas, son las mismas que en Halloween saltan, pero a las tiendas, para escoger el disfraz de enfermera sexy, caperucita sexy, policía erótica o bien el de puta, prepago o esposa de traqueto. ¡Maravilloso! Cada mujer sabe lo que es, lo que pretende ser, lo que le gusta y, sobre todo, lo que vale.

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