De la pasión a la guerra

Octubre 04, 2013 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Los recientes asesinatos de dos hinchas del Nacional en Bogotá nos recuerdan, una vez más, que el caso de la violencia en el fútbol está desde hace muchos años desbordada. Es totalmente obsoleto que se celebren goles y al tiempo se derrame sangre. Es absurdo que el deporte, que se supone es una actividad que inculca la sana convivencia, aleja del mal y existe precisamente para que no nos matemos los unos a otros, se convierta en principal foco de batalla. Nada justifica que se pierda la vida de una persona, menos por una pasión tan maravillosa como la del fútbol, que dejó de ser una fiesta para convertirse en escenario de guerra.Es lógico que el fútbol despierte pasiones, sobre todo si se tiene en cuenta que encarna una disputa entre dos bandos que buscan a toda costa una victoria. Pero pasar de la competencia y del fervor natural de vibrar por un equipo al fanatismo, ha hecho que la sociedad se degenere cada vez más y que los niveles de intolerancia lleguen a topes mortales. ¿En qué momento nos creemos con el derecho de quitarle la vida a otra persona por llevar una camiseta de un color diferente?Desde muy pequeña fui al estadio. Era el mejor plan con mi padre, quien solía llevarme a todos los partidos del América, con los que gritábamos, nos emocionábamos y nos desilusionábamos también, pero siempre con la convicción de disfrutar de un buen espectáculo, independientemente de los resultados. Era la época donde podíamos asistir a la tribuna con las camisetas de nuestros equipos, de portarlas con orgullo, de compartir con los demás hinchas, así tuvieran colores diferentes. Mi camiseta roja era mi mayor orgullo. Con el tiempo, las visitas al estadio fueron disminuyendo y los partidos los veíamos por televisión. “Es peligroso”, me decía, y me costaba entender por qué. Volví unos años después con un grupo de amigos a un clásico entre Cali y América, por allá en el 98 o 99, y recuerdo con terror la salida del estadio. Se había generado una revuelta entre barras bravas y habíamos quedado atrapados en medio del disturbio, las piedras, las bengalas y una peligrosa estampida humana. Logramos refugiarnos en el local de una panadería cercana, en donde permanecimos por horas agolpados tras las puertas de metal. Fue quizás una de mis últimas visitas al Pascual. Entonces entendí por qué mi padre había dejado de asistir, por qué me insistía que no lo hiciera y por qué jamás podría volver a llevar una camiseta que no fuera blanca.Lo peor es que lo más fácil ha sido echarle la culpa al fútbol, cuando este no tiene nada que ver per se. Se ha convertido en fachada de malandros y en justificación de una violencia que es consecuencia de nuestra propia descomposición social, perjudicando a quienes vivimos el deporte en paz. Sólo en las redes sociales se generan ambientes de xenofobia hacia otros equipos. Desde ahí se emiten mensajes amenazantes, provocaciones, declaraciones de guerra y se exponen videos de hinchas apuñalados o muertos a manera de trofeo. Y nosotros los vemos incólumes. Esta es la realidad diaria de Colombia, la de una sociedad enferma que claramente sobrepasó hace rato el fútbol y sus resultados. Se convirtió en un motivo más para hacer el mal.El fútbol hace parte de nuestra idiosincrasia, siempre estará vigente y la hinchada será cada vez mayor. Así que la solución no está en cancelar partidos, sino en ejercer el debido control y judicializar estos absurdos comportamientos, luchando con la incapacidad que se ha demostrado hasta el momento y procurando una mayor construcción de convivencia. Claro, en todos los espacios de la sociedad. No podemos olvidar que vivimos en un país en el que nos matamos por todo y por nada. Al menos yo, quisiera poder volver a ponerme mi camiseta roja.

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