De Gabo y otras historias

Mayo 02, 2014 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Querámoslo o no, García Márquez fue uno de los colombianos más universales de todos los tiempos. Haber sido el padre del realismo mágico y haberle dado vida a una literatura macondiana, de pescaditos de oro y mariposas amarillas, lo convirtieron en un autor indispensable. Su obra nos permitió entendernos y celebrarnos como colombianos, cuentos y novelas que desde siempre son y serán referente para la construcción de memoria histórica; también traspasó fronteras culturales y lingüísticas, convirtiéndose en un hecho mundial. Cien Años de Soledad despertó en mí el delicioso gusto por la literatura. Mi idea de leer se reducía a lo académico y lo hacía de forma hermética, de noche, en silencio y concentración. Con este libro el deber pasó a ser un verdadero gusto. Y aunque después no fui gran seguidora de Gabo, me sumergí tanto en él, me embelesé tanto con sus personajes, que cuando menos pensé ya el entorno no importaba ni la bulla ni la hora, ahora estaba entendiendo y nutriéndome de un mundo literario con el que me engancharía para siempre. La muerte del Nobel generó, como era obvio, gran conmoción. En medio de tantas emociones y susceptibilidades, la congresista María Fernanda Cabal tuiteó lo que tuiteó despertando un inmediato rechazo hacia su mensaje. Sus palabras fueron inoportunas e inapropiadas. Una expresión grosera e innecesaria viniendo de una ‘Honorable Representante’, que se supone es elegida no para sembrar más odio, sino para aportar a la construcción de país, su progreso y, más importante aún, para legislar a favor del fortalecimiento del tejido social. La congresista no quedó bien con su trino, tampoco con sus excusas, que no mostraron su arrepentimiento y fueron tan déspotas y escuetas como su comentario.El trino de la señora Cabal es reprochable, sí. En teoría ni el Nobel ni ninguna otra persona merece tal destino. Su manera de expresarse pone a dudar sobre la manera en que resolverá tantas desavenencias que se presentan en el Congreso y su capacidad de representar idóneamente a quienes la eligieron. ¿Pero de ahí a emprender una campaña en redes sociales para que la congresista se posesione tres meses después del 20 de julio o demandarla por racismo y discriminación o afirmar que un grupo neonazi está a su servicio? Que su mensaje sea irreflexivo no le quita el derecho que tiene cualquier ciudadano a expresarse libremente y a creer en lo que bien considere. Así sea el mismo infierno. De nada vale hacer parte de ese linchamiento mediático; al final, sus palabras, como las de cualquiera, son una mera opinión. Como la tuvo García Márquez durante el Hay Festival en 2006, cuando los medios le preguntaron qué opinaba sobre Colombia y respondió: “No quiero saber nada de este puto país”. Ojalá alzáramos así nuestras voces, y no sigamos indiferentes ante todo lo verdaderamente trascendental, todo eso que realmente padecemos y sufrimos cada día en este país. Reacciones como las generadas por la señora Cabal demuestran que la de las redes sociales es una guerra que lentamente nos degrada como seres humanos; más grave aún, son reflejo de una sociedad sin educación ni cultura, que al parecer no tiene suficiente con los hechos de violencia cotidianos, con un país que se desangra precisamente producto de la guerra y la pobreza y tantas cosas más. ¿Hasta cuándo seguiremos en una cadena interminable de insultos y venganzas? ¿Hasta cuándo le seguiremos apostando más al morbo que a la superación y al progreso? Es imperativo empezar a respetarnos y a reconocernos como iguales, como individuos que se necesitan unos a otros para construir y, sí, vivir agradablemente. Un pueblo sin bases sólidas da como resultado lo anterior. Viene bien pensar, de verdad, el rumbo que queremos tomar como sociedad, a propósito de las próximas elecciones presidenciales.

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