¡Click!

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Julio 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Para no pocas personas, la noticia de la muerte de Mauricio Mejía Benard fue como una punzada directa al corazón. Su partida, de esas que no avisan y mucho sorprenden, deja un vacío enorme a quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, de permearnos de su conocimiento, de disfrutar de una metodología propia de él y de compartir su amistad. Y es que Mauricio, de una manera increíble y casi mágica, tocó igual cantidad de miradas que de corazones. Sabía perfectamente cómo cumplir ambos roles, el de maestro excelso y el de amigo cómplice. Sus clases de fotografía suponen quizás mis más gratas memorias de mi corto paso por la Universidad Autónoma, cuando apenas empezaba mi carrera. Aún recuerdo ese primer día, Muchos nos encontrábamos llenos de expectativas, también inquietos y algo temerosos con esa nueva vida que iniciábamos. Llegué aceleradísima y desorientada a buscar el salón, ubicado en uno de los tradicionales torreones del campus, y él estaba ahí, con gafas oscuras y en silla de ruedas, observándonos con una sonrisa cálida. “¿Cómo los trata la vida?”, nos preguntó.Era evidente que todos estábamos ansiosos de conocer el porqué de ambos accesorios, de su condición. Nadie preguntó nada pero en nuestras miradas, tan curiosas como esquivas, él lo leyó. Así que hablar de ello fue su estrategia para romper el hielo y hacernos sentir un poco menos primíparos. Nos contó que desde muy joven era fotosensible y que, desde muy joven también, por robarle la moto en la que viajaba, le pegaron un tiro que lo dejó inválido. No hubo necesidad de hacer preguntas. En ese preciso instante entendimos que la discapacidad sólo está en la mente. A pesar de todo, para Mauricio la vida era siempre bella. Y sobre belleza empezó su cátedra. ¿Cómo retratarla? ¿Dónde encontrarla? Nos habló de la importancia de concebir la belleza más allá de lo físico y buscarla, más bien, en lo esencial, en los simples hechos cotidianos, en los objetos inermes, en el contacto humano. Cada clase, durante dos semestres, sembró significativas dosis de creatividad, cultivó la sensibilidad que requiere cada cuadro, cada plano y rayo de luz y nos demostró cómo cada imagen denota la intención y el sentimiento de quien la obtura. El primer proyecto consistió en construir una cámara estenopeica, a partir de un tarro y otros elementos caseros. De ahí pasábamos horas en el cuarto oscuro haciendo toda clase de experimentos con las imágenes, hasta que la intensidad de los químicos reveladores nos despedía. Más adelante nos incitó a contar historias a través de diapositivas. Experiencias, todas, maravillosas. Mauricio nos transmitió la pasión por el arte, el entusiasmo por la fotografía. Nos demostró que se requiere de un ojo extraordinario para proponer una mirada distinta, una que trascienda lo obvio; una que explore el entorno y note sus variaciones; una que descubra, en la esencia, la verdadera belleza. “A trabajar muchachos”. ¡Click!Paréntesis: Con extrañeza -y dolor- hemos visto cómo en los últimos meses se viene presentando una profusa tala de árboles en las afueras del Aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón. Resulta obsoleto que entidades como la CVC den su aval a semejante arboricidio, justificándolo como parte esencial del proceso de remodelación. El desarrollo y la modernización no pueden ir en contravía de la protección y sostenibilidad ambiental. Qué tristeza.

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