Carta al cielo

Abril 04, 2014 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Tú no tenías trajes elásticos ni capas, tampoco volabas ni levantabas grandes edificios, pero sin duda fuiste un superhéroe. Te lo confesé hace no mucho tiempo, sentados los dos, en medio de una charla en donde precisamente destaqué que tu actitud y tu fuerza resultaban semejantes a las de un inmortal. ¿Por qué no? Nos reímos. No era fácil proyectar, soñar y creer en epifanías cuando estabas en medio de una difícil y larga batalla contra el cáncer. Pero era un reto, uno grandísimo que se fue afianzando con cada amanecer, con cada nuevo día. La risa era tu catarsis y, no sé si te lo comenté, también era la mía. Ese mismo día, como en muchas otras ocasiones y entre infinidad de temas, hablamos sobre la muerte. De la tuya y de la mía, como una realidad que está ahí latente para cada ser humano, por el sólo hecho de estar vivos, pero pocos se atreven a entenderla. La vida te propuso un camino que asumiste con la mayor entereza y eso sólo lo hacen los superhéroes que, como también te confesé, no logran su calificativo al azar, no; son sólo aquellos capaces de ejercer este papel con ingente responsabilidad. Se suponía que eras inmortal, hasta último momento lo pensé. Mi fantasía de niña, como ves, trascendió en el tiempo. También cuestioné a la vida con insistencia, a veces con rabia, pero luego entendí que fue ella, la misma vida, la que me permitió disfrutarte cada segundo de tu existencia. Y di gracias. ¿Quién dijo que el final feliz está en vivir 100 años? Tu historia, papá, fue hasta los 62 y fue maravillosa. No se quedó nada por fuera, ningún pendiente. Me siento feliz de haber emprendido contigo este camino, que durante 10 años me demostró ser tan complejo como enriquecedor. Y a ti, cada día te admiré más.Me maravillaste con tu forma de aferrarte a la vida, de recibir las cosas como vienen, entender que no todo se resuelve cuándo y cómo uno quiere; también con tu manera de afrontar cada tema con serenidad, cada síntoma, cada diagnóstico, cada procedimiento, cada cambio, cada tratamiento. Te despojaste de todos los miedos y decidiste imprimirle una altísima dosis de positivismo y alegría a cada uno de tus días. Entendimos el valor del tiempo, la calidad de cada instante, la alegría ante las pequeñas cosas. Hasta creamos un propio vademécum, que nos aprendimos al derecho y al revés. A todo le sacaste sonrisas y cada día te volviste más humano, más cercano, más entregado, más comprometido, más tú. Te diste licencia para hacer lo que te dio la gana hasta el último día. Y ese último día entendimos la grandísima diferencia entre vivir y estar vivo. Viviste. Fuiste feliz y yo también. Tu partida me duele en lo más profundo de mí ser, papá. Un pedazo de mi vida se va contigo. Gracias infinitas. Sé que esperarías que, como tú, levante la cabeza, me pare firme y siga el recorrido. “Haz de cuenta que vas en carro a Cartagena y en la mitad de la carretera se te pincha una llanta. La cambias y sigues para adelante, siempre para adelante”, casi te oigo decirlo. Eso haré. Por ahora, dame tiempo para reconfortar un poco mi corazón y entender que mi presente incluye ahora tu ausencia. Ya llegará el momento en que te recordaré sin dolor y con la profunda alegría que me produjeron 31 años a tu lado. Como decía Facundo Cabral: “No hay muerte, hay mudanza”. Así que, desde otro lado, desde un nuevo lugar, me seguirás llenando de felicidad. ***Un homenaje a todas las personas que libran a diario una valiente lucha contra el cáncer. Adelante, siempre para adelante.

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