Aquí me quedo

Septiembre 09, 2011 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

El éxodo de capital humano, uno de los activos más significativos en este Siglo XXI, resulta cada vez más oneroso para Colombia. Año tras año, la ciudadanía invierte millones de pesos en educación con la intención de capacitar a la población, lo que resulta importante para el país en tanto se apunta a mejorar la condición de vida de las personas, a elevar su nivel de ingresos y, sobre todo, a recuperar con creces ese conocimiento y ese talento necesarios para progresar. Si hay un campo en el que los colombianos se destaquen, entre tantos, es el académico. Nuestras universidades son punto de referencia y acá se forman profesionales excelsos. Lo que preocupa es que su competitividad está siendo aprovechada en otros países distintos al suyo. Una gran porción de ellos lo hace por necesidad, lejos de pensar en buscar nuevos y mejores horizontes, y sí, un chance para evolucionar que Colombia no les ofrece. ¿Por qué no incentivarlos para que multipliquen su conocimiento en el país? ¿Por qué no priorizar sus necesidades?Un grupo de jóvenes, que prefirieron no ser identificados, recibieron su grado como médicos generales en una reconocida universidad en Cali hace dos años. El mismo tiempo que llevan clavados entre libros, rotaciones en salas de emergencia, cursos y todo lo que esté a su alcance para prepararse y lograr cada uno un cupo en las especializaciones por las que se inclinaron después de haber arrancado su carrera. Para ocho cupos en Medicina Interna se presentan 200 médicos, y otros 180 se presentan para dos cupos en Oftalmología o Dermatología. ¡Absurdo! Sólo un mínimo ejemplo. Y sí, dos años llevan presentándose una y mil veces y nada. Uno de ellos está a punto de irse para Chile, en donde, lo más seguro, es que tendrá la oportunidad para seguirse desarrollando profesionalmente. Los países que con mayor facilidad les abren sus puertas son Brasil, Argentina, España y Estados Unidos. A éste último, según un estudio de investigadores del Banco de la República, Colombia le ha ‘exportado’ el 6% de sus profesionales.Ellos, como muchos de sus colegas, atribuyen esta fuga de cerebros a dos razones. De un lado, a pesar de que se estudia y se cumple con los procesos, lograr un cupo resulta posible (dejo claro que esto es una triste crítica general, pero no todas las universidades, instituciones ni especialistas funcionan igual) por palancas, roscas o compromisos, condiciones a las que no tiene acceso todo el mundo ni aun siendo el más genio. De otro lado, cuando se logra el cupo, deben pagar por su residencia (que llega hasta los ocho millones de pesos por semestre según la especialización) y no al revés, como sucede en la mayoría de los países. Ante todo es un servicio que se está prestando, según lo estipula la Ley 1438 del 19 de enero de 2011. Sumado a esto, hay voces en contra del trato que en ocasiones reciben: poco tienen en cuenta sus opiniones, son más asistentes personales que aprendices, los humillan en público, les asignan turnos de más de 24 horas. Todo esto, un atropello a las condiciones dignas de trabajo y la integridad del médico, de los pacientes a su disposición, además de frenar la evolución del residente, implantar temor y generar una competencia poco sana. Varios de ellos se han quejado, pero nada pasa.Es necesario que existan estímulos para que los nuevos profesionales se queden trabajando por el desarrollo y la riqueza de Colombia, pues el costo que asumimos cuando se produce en el exterior es alto. Vital esgrimir una formación que gire en torno a las necesidades que tiene el país. Así como igual de sustancial que las instituciones capaciten el recurso humano que necesitan para cumplir con sus funciones. Estas fugas no resultan convenientes para el país. Colombia podría hacerlo mucho mejor, tiene con qué.

VER COMENTARIOS
Columnistas