21 / 12 / 12

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Diciembre 14, 2012 - 12:00 a.m. Por: Laura Posada

Ha sido bastante atractivo ver lo que pasa alrededor de la Profecía Maya, del Apocalipsis y de ese ‘fin del mundo’ que se supone nos alcanzará en exactamente siete días. Me he deleitado con las historias que he oído, que he leído, con todas esas formas tan disímiles de cada quien para interpretar, vivir y prepararse para este acontecimiento. Nostradamus, además, habla en uno de sus libros sobre un gran cataclismo que acabaría con la humanidad, precisamente el 21 de diciembre. Si realmente el tiempo se está agotando y estamos destinados a la inexistencia, significa entonces que ésta es mi última columna. Sin embargo, niego a despedirme, porque así como sobreviví en 1999 al famoso Y2K, sobreviviré también a este ‘fin del mundo’. De eso han pasado 12 años, el mundo no se acabó. Lo que el planeta sí pide es nuestra protección y buena evolución, pues en este tiempo lo que ha sucedido, de forma real y tangible, es su deterioro, que de no suspenderse y hacer cambios profundos, inevitablemente terminará por acabar con la raza humana. Esa es la esencia de los pronósticos de los Mayas. Sus profecías son más una alerta y un llamado al compromiso que tenemos como habitantes de esta tierra a emprender nuevas actitudes, transformaciones y lograr una armonización entre culturas, seres humanos y naturaleza. Pero la interpretación que se ha hecho de las profecías de nuestros aborígenes es distorsionada y casi ridícula. La certeza de que ese día, a la hora cero, el mundo estallará o se evaporará, ha fabricado una fantasía y está sembrando pánico, el cual se ha extendido como consecuencia de la mala información, sobre todo, de las redes sociales e Internet. La Nasa, incluso, con la intención de bajar los ánimos, lanzó una ofensiva a través de los mismos medios en donde explica por qué no existe tal ‘fin’. Esta percepción del 21 de diciembre de 2012 ha llevado a una mayoría de gente a realizar acciones tan absurdas como rentables. En China, un empresario está vendiendo arcas que pueden ser sometidas a fuertes corrientes de agua, resisten altas temperaturas, protegen radiaciones y cuestan 700 mil dólares. En Yucatán, en México, están organizando la ‘Cena del Fin del Mundo’, que consta de nueve tiempos, será preparada por cocineros reconocidos y el puesto vale 1.390 dólares. En Estados Unidos se ofrecen, por dos millones de dólares, condominios de supervivencia bajo tierra a prueba de bombas, ataques nucleares, desastres naturales y llamaradas solares; por 25 millones, un lugar en el transbordador USS Ark 2012; y por 6 dólares, un kit que incluye una mochila térmica con hornillas de energía solar y alimentos enlatados.La naturaleza y la humanidad se están pronunciando, al tiempo que agonizan. Las variaciones climáticas, los desastres naturales y las guerras no han sido en vano. Para no ir más lejos, en Colombia vemos cómo cada vez más los ríos se desbordan y las tierras se esterilizan. Menos árboles y más basuras; menos animales y más contaminación. La sociedad está con más vacíos, sufre de infinidad de enfermedades y su descomposición social y política es más profusa. Si las cosas no cambian, incluidas nuestra mentalidad y conducta, ese día sí llegará el verdadero ‘fin del mundo’. Por eso, si hemos de buscar un motivo para este 21/12/12, que sea el de no desconocer todo lo que sucede en nuestro entorno y desarrollar más la espiritualidad de cada uno, no en sentido religioso, sino en uno que nos permita hacer nuevas conciencias, apostarle a una nueva civilización, lejos de odios y materialismos, a evolucionar de forma armónica con el universo. No debería darnos miedo que se acabe el mundo, más bien deberíamos tenerle pavor a que siga igual.

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