William Ospina en Comfandi

Octubre 25, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Hace 20 días visitó el Taller de Escritura Comfandi el díscolo periodista Antonio Morales (Cuac, Zoociedad, 7PM, A calzón quitao). Nos dio una lección nítida de un género que conoce, la crónica; habló de su manía de viajar, de esa superstición de creer que la vida está en otra parte, y al final (fue inevitable) hablamos de política, del viejo sueño de la paz. Como Iván Márquez, como Humberto de la Calle, como Rodrigo Guerrero, Antonio sabe que no hay pomadas milagrosas en Oslo ni en la Habana pero cree, como ellos, que este es un momento crucial para empezar a reescribir nuestra historia.Dijo que hay una conspiración contra Petro y que un fracaso de Los Progresistas sería funesto para Bogotá y para el país. Tiene razón. Es urgente que se consoliden Los Progresistas, La Marcha Patriótica y el movimiento que se cocina tímidamente alrededor de Navarro, Fajardo, Cecilia López y José Antonio Ocampo, para contrarrestar la hegemonía del pensamiento único de la Unidad Nacional. Y el sábado pasado nos visitó William Ospina. Habló del tema que nos ocupa ahora en el taller, la crítica literaria. Recordó que allí han militado Aristóteles, Borges, Valéry y Steiner. Recordó el viejo desprecio por este género y la maldición de Saint Beuve: “Jamás se le erigirá una estatua a un crítico”. Y hasta se permitió un chiste viejo: “El criminal es el artista; el detective apenas el crítico”. Me provocó decirle que la crítica era el género más delicado porque los narradores y los poetas tienen que vérselas con la sucia realidad mientras que el crítico trabaja con sustancias depuradas: narraciones y poemas; hasta pensé hacer un símil con Eva, una criatura superior porque fue hecha a partir de una sustancia humana, a diferencia de Adán, amasado con barro rojo, pero callé: la presencia del Premio Rómulo Gallegos (galardón que también han recibido Gabo y Vargas Llosa) me intimidó. Fue Eva, no el pusilánime Adán, quien nos salvó del Paraíso, ese “océano de mermelada sagrada”, y nos arrojó a este duro mundo que es mucho más rico porque contiene infiernos y paraísos, trabajo y placeres, derechos y deberes.Así, fue inevitable hablar de religión. Ospina nos recordó que la palabra cristianismo significa muchas cosas porque es un credo que no ha cesado de reinventarse desde el principio: primero fue humanista con Jesús, que privilegió el amor sobre el temor, sobre los rayos terribles del Jehová del Antiguo Testamento. Luego fue ecuménico con San Pablo, que universalizó un credo que era sólo para “el pueblo elegido”. Luego fue abstracto con San Agustín y los neoplatónicos, que tendieron puentes entre el cristianismo y la filosofía idealista. Luego fue racionalista con Tomás de Aquino, que quiso combinar fe y lógica aristotélica (la Summa teológica es el más espléndido fracaso del pensamiento cristiano). Fue una bandera de guerra en las Cruzadas, fue humilde y castísimo con San Francisco, il poverello, y fue oro y púrpura con los Borgia y una docena de Papas tan poderosos como lascivos que reinaron entre el Bajo Medioevo y el Renacimiento. Y ayer no más el Vaticano volvió a sorprendernos: coqueteó con el fascismo, fustigó el “capitalismo salvaje” y cerró dos viejos reclusorios, el limbo y el infierno. ¡Y después dicen que el cristianismo es una doctrina conservadora!

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