Wikileaks, adiós al eufemismo

Diciembre 02, 2010 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Las reacciones de los líderes del mundo en el caso de las filtraciones de Wikileaks han sido muy variadas. Lula da Silva dijo que “los contenidos que hacen referencia al Brasil son tan insignificantes que no merecen ser tomados en serio”. El Gobierno colombiano se solidarizó con la administración Obama por lo que considera “un enorme riesgo para la seguridad del pueblo estadunidense y sus funcionarios”. Obama no ha dicho esta boca es mía. Chávez, por supuesto, está muerto de la risa. Hillary Clinton afirmó indignada: “No es un ataque a la política exterior de los Estados Unidos; es un ataque a toda la comunidad internacional”. Fue una coincidencia desafortunada, por decir lo menos, que la filtración de estos documentos se produjera apenas una semana después de que la señora Clinton se rasgara las vestiduras por “la flagrante violación de la intimidad” que suponen los “porno-escaners”. ¡Qué vaina, Hillary! Haciendo de tripas corazón, el Presidente iraní aseguró que “Esto no va a afectar nuestras relaciones con los países árabes” (los cables revelan el malestar de varios líderes del cercano oriente contra el programa nuclear iraní). Un portavoz de Wikileaks dijo que “las situaciones embarazosas y las tensiones bilaterales no entraban en la categoría de la seguridad nacional”. Francia también se solidarizó con Washington y dijo que “las filtraciones ponen en riesgo a personas que han trabajado al servicio de la nación”. Evo Morales evitó hablar de tabiques y de sinusitis: “No es una novedad que Estados Unidos espíe a todo el mundo”. Como si quisiera confirmar las sospechas del cable que ponía en duda su cordura, Cristina Fernández se ha hecho la loca y aún no comenta el asunto. Un grupo importante de líderes ha optado por bajarle decibeles al ruido. Sarkozy (“susceptible y autoritario”), Berlusconi (“débil física y políticamente… fiestas salvajes…”), Putin (“macho dominante”) y Ángela Merkel (“refractaria al riesgo… poco creativa”) han coincidido en su afán de minimizar la importancia de las filtraciones. El que sí se dejó de vainas fue Robert Gates. El Secretario de Defensa de Estados unidos reconoció que la situación era incómoda pero descartó que pueda afectar las relaciones con los gobiernos extranjeros: “…Les interesamos… aunque no nos quieran… Seguimos siendo una nación indispensable”. Como quien dice: untada la mano, untado el codo. Brutal el sujeto, ¿no? Debe ser de esos que piensan que no vale la pena darles vueltas a las cosas y decir que “la atmósfera está pesada” cuando en realidad queremos decir que huele a lomo de camello. Pero aunque muchos no quieran aceptarlo, el asunto es grave. Estas filtraciones minan la poca confianza y la poquísima simpatía que aún pudiera inspirar la política exterior norteamericana; ponen de nuevo en evidencia la vulnerabilidad de los sistemas de defensa de los Estados Unidos, y pueden tener también efectos insospechados sobre el mercado de la información: los dueños de los medios, esos grandes consorcios que le pagan fortunas a un ejército de periodistas para que busquen una pinche noticia, ¿qué estarán pensando ahora que viene un monito sueco y arroja por encima del hombro 300.000 ‘chivas’ gordas?

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