Viernes trece

Noviembre 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Es muy difícil tomar partido en una guerra que compromete a Francia y a la civilización musulmana. Así los franceses sean junto con Estados Unidos el pueblo más belicoso de la era moderna; así hayan participado con tanto entusiasmo en las cruzadas, cuando empalaban niños musulmanes y se los comían a la brasa; así produzcan familias tan malucas como los Le Pen, uno no puede olvidar que Francia es también el pueblo de la Ilustración, que allí nacieron la democracia y los derechos humanos, que allí canta Aznavour y flota el vapor sagrado de las lágrimas de Brigitte Bardot. ¿Cómo va a ser totalmente malo un país que produce hombres como Voltaire?Y en la otra esquina el Islam, la civilización que trajo a Occidente la numeración arábiga, la traducción de Aristóteles por Averroes, el Canon de medicina de Avicena, Las mil y una noches, la primera universidad, la alquimia, los perfumes, el arco ojival, la voluptuosidad, las fuentes, las almohadas de plumas, el descubrimiento del abdomen femenino y una palabra que solo existe en árabe, romavali, para nombrar la sombra de vello que va del ombligo al pubis.De no mediar la influencia musulmana, Europa aun sería medieval.De allí al Estado Islámico hay un trecho, dirá usted. Tiene razón. Nada justifica la barbarie de Boko Haram ni los horrores de las Torres Gemelas, la Estación de Atocha o lo del viernes en París. Pero también es infame el terrorismo de Estado del “Eje del Bien”, digo yo. Nada puede justificar esa lluvia de bombas que hace lustros cae sobre la población civil del Cercano Oriente por cortesía de los nuevos cruzados (Francia, Estados Unidos, España, Inglaterra, Israel, Alemania y a veces Rusia), con pretextos tan cínicos como la salvaguarda de la democracia, tan embusteros como la búsqueda de armas de destrucción masiva, tan paradójicos como dar de baja a un exaliado, o tan piadosos como los de esas misiones que pretenden luchar bajo el manto de Jehová.Tampoco se puede olvidar que buena parte del desmadre del Cercano Oriente tiene su origen en un tratado secreto de 1916, por el cual el Reino Unido y Francia se repartieron la zona y tiraron fronteras políticas arbitrarias sin considerar las fronteras étnicas y religiosas que ya existían allí.¿Cuál es el objetivo del Estado Islámico? Tiene dos: en lo táctico, vengar los bombardeos de Francia a sus posiciones en Irán y Siria. En lo estratégico, un delirio: unificar bajo una sola bandera a todas las naciones musulmanas y dominar de nuevo, como en los años dorados del Islam, el Cercano Oriente, el norte de África y España.Es pertinente no confundir al Estado Islámico con el mundo musulmán. Aunque rechazan, con matices, los métodos del EI, muchos musulmanes piensan que sus atentados terroristas pueden generar en Occidente corrientes de opinión que frenen la política de tierra arrasada de los “cruzados” y morigeren los bombardeos.Como ven, un juicio definitivo de esta antigua guerra es complejísimo. Ahora, si solo analizamos la batalla contemporánea de Francia contra EI, me alisto en las filas francesas. Confío en que el EI correrá la triste suerte que han corrido todos los movimientos terroristas (no estatales) de la historia, con la notable excepción del Frente de Liberación Nacional de Argelia, que logró la independencia de Argelia de Francia en 1962.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad