Vallejo, físico hereje

Mayo 10, 2017 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Las bolas de Cavendish’, el último libro de Fernando Vallejo, empieza con una herejía a tres bandas: “A Einstein me lo imagino como un hombre sucio envuelto en una nube de humo de marihuana. ¡Con que el espacio-tiempo! No. Lo que hay es el espacio y el tiempo, por separado, y ambos son realidades mentales, turbulencias del cerebro”.

En las 195 páginas siguientes arremete contra la gravitación, la relatividad, la Universidad de Antioquia, Tomás de Aquino, el homo sapiens, el lenguaje, la matemática, la ciencia, Dios y su señora madre (la del escritor), en las siete lenguas que le son íntimas, con su estilo vertiginoso y soez, con un método que combina erudición, disparates y maledicencias, todo en dos registros: poesía clásica y vulgaridad paisa.

Insulta de manera injusta a Antonio Vélez, nuestro mejor divulgador de ciencias, porque le ‘colgó’ el libro; a Héctor Abad Faciolince por no sé qué viejo chisme (“huerfanito hijueputa”, le dice) y al “ensayista guatemalteco” Juan Gabriel Vásquez porque le parece aburridísimo.

El grado de detalle del libro es asombroso. Contra Newton, por ejemplo, dice que fue usurero, vanidoso y soberbio, y “solterón sospechoso”, y que no pudo escribir su célebre fórmula de la gravitación universal, F = GMm/r2, porque la constante G fue calculada por Cavendish en 1798, setenta años después de la muerte de Newton (este detalle ya lo había consignado Vallejo en ‘Manualito de imposturología física’, otro libro suyo que oscila entre la sonrisa, el escupitajo y el cálculo diferencial). También se burla de los sucesores de Newton, que buscan con paciencia benedictina el esquivo gravitón en el pajar del cosmos.

Tampoco se traga a Einstein ni a su famosa teoría ni al experimento de Eddington que confirmó en 1919 la relatividad y la curvatura del espacio-tiempo. “Las fotos de Eddington, tomadas durante un eclipse total de sol, mostraron que los rayos de luz de cuatro estrellas estaban desviados en un milisegundo de grado por efecto de la gravedad del sol. Pero -se pregunta Vallejo- ¿qué seguridad puede brindar un desvío de un milisegundo de grado? ¡Pudo ser un defecto del telescopio, una aberración vítrea, o un efecto de los granos del nitrato de plata de la emulsión fotográfica!”. En realidad la desviación promedio de los rayos fue de 1,75 segundos, alegan los puntillosos. Leen mal. Leer a Vallejo en clave absolutamente seria es una candidez. También es cándido no tomarlo en serio. ‘Las bolas de Cavendish’ es una sátira hiperbólica, el alegato de un poeta furioso que ama la ciencia y los perros y odia el resto de las criaturas y las cosas del universo mundo, no un tratado de física.

Entre la hojarasca, el lector encontrará perlas. Espejos negros con relumbrones de tinte presocrático.

La materia es un espejismo del vacío”.

Somos una extravagancia secretada por el Altísimo”. (Jehová lee y toma nota: Vallejo está cojo de un pie, de un ojo y de un oído).

Recordando que el cielo nocturno es siempre una película del pasado, escribe:
Mas que mirar en el espacio, el telescopio Hubble mira en el tiempo”.

Todo el mundo sabe cuándo ocurrió el Big bang pero nadie sabe dónde”.

Estudiar física es una tarea laboriosa. Divulgarla bien, requiere humildad. Claridad. Poesía. Burlarse de ella y de sus monstruos en siete lenguas, es una herejía reservada a genios delirantes, como Vallejo.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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