Uribe o Santos, un falso dilema

Octubre 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

La lección más clara del plebiscito es la urgencia de buscar, para 2018, una alternativa política por fuera del Uribismo y del Santismo. Juan Manuel Santos tiene una buena lista de activos: ha mejorado el cubrimiento del POS, bajado el costo de miles de medicamentos esenciales, levantado cientos de miles de viviendas de interés social, luchado más que nadie por la paz y mejorado la infraestructura vial y las relaciones internacionales. No es poco pero es insuficiente. Su neoliberalismo rampante es suicida, sobre todo en un país que urge de políticas públicas con enfoque socialdemócrata; su ignorancia del país rural es francamente enciclopédica, y ha tenido que pactar, en aras de la gobernabilidad, alianzas non sanctas con personajes como Germán Vargas, Dilian Toro y Alejandro Char, amén de los impresentables 'Ñoño' Elías, Besaile y Kiko Gómez.El Uribismo ha demostrado que sabe politiquear y confundir, pero no levanta un andén. Durante el periodo 2002 – 2010 lo tuvo todo, respaldo del pueblo y del establecimiento, crecimiento económico, éxito en la guerra, y todo lo despilfarró. Entregó un país con pésimas relaciones internacionales, instituciones sin contrapesos, minería extractiva desbocada, el sistema de salud en los rines, un centenar de parlamentarios tras las rejas por parapolítica y decenas de funcionarios de primer nivel incursos en procesos criminales. Casi tapa el hueco de las Farc, es cierto, pero al costo de agigantar el agujero negro del paramilitarismo. Como si fuera poco, resucitó un viejo monstruo nacional, la polarización. Hace 70 años, el que no era chusmero era chulavita. Durante el uribato, el que no comulgaba con la política de la Seguridad Democrática era ‘terrorista’, adjetivo en boga desde el 11-S. Y en esas seguimos: el que no es ‘facho’, está ‘enmermelado’.La torpeza con que estas dos facciones politizaron una decisión tan vital como el plebiscito, es la prueba palpable de su incompetencia y del peligro que entrañan para la precaria viabilidad del país. Mientras el péndulo oscile entre la violencia económica del neoliberalismo y la violencia física y económica de la ultraderecha, y se alternen en el poder los rancios e inútiles apellidos de los últimos 150 años, no aprobaremos el prerrequisito central de la Paz con mayúscula, la justicia social.Con estas facciones, ni siquiera alcanzaremos un consenso sobre el Acuerdo de La Habana. ¡Y eso que hablamos de un documento garantista, de una amnistía general tan amplia y generosa como la que nuestra criminal historia demanda!Si yo tuviera una varita mágica, un instrumento capaz de mezclar agua y aceite, amansar egos y endulzar soberbias, ensayaría esta fórmula: un partido de convergencia nacional liderado por Sergio Fajardo, Humberto De la Calle, Jorge Enrique Robledo, Clara López y Claudia López. Un equipo así puede convocar fácilmente el respaldo de empresarios, intelectuales, académicos y líderes cívicos de las principales ciudades de Colombia, captar una buena parte de ese 63% que no votó el 2 de octubre –incluso muchos votos razonables del Sí y del No– y empezar a construir una historia de la que no tengamos que avergonzarnos.Usted dirá que deliro, pero es que este país enloquece a cualquiera. Usted dirá que sueño, pero es que ya estoy harto de pesadillas y componendas, y temo que el forcejeo actual entre Uribe y Santos desemboque en una reedición del funesto miti-miti de 1957, el célebre Frente Nacional urdido por Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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