Una vieja pregunta

Agosto 30, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Volvamos sobre una vieja pregunta: ¿Por qué hacemos arte? La respuesta es sencilla. Lo hacemos porque el arte obedece a una pulsión central de la especie. Porque es propio de ella cantar, pintar, actuar, contar. Quizá sea un instinto primario, como el sexual, el de conservación o el que nos impele a conocer. Uno podría definir la especie humana como una criatura que necesita del arte, la ciencia y la religión para relacionarse con el cosmos. Para apropiárselo. Con la ciencia trata de descifrar el universo. Con la religión lo envuelve en velos de misterio. Con el arte lo celebra y agradece. O lo maldice. El resultado son ecuaciones, mitos y canciones... o blasfemias. Y, ¿para qué la literatura? Ella tiene varias funciones. Desde el principio, la literatura es memoria. “Los hechos más preclaros -le dice un rey a su poeta en un cuento de Borges- pierden su lustre si no se los amoneda en palabras. Yo seré tu Eneas, sé tú mi Virgilio”.Otra función suya es la de agregar una dimensión al lenguaje: además de comunicar, la literatura quiere conmover. No se resigna a consignar una información: siempre añade al mensaje una carga emocional y un halago estético. Esta dimensión no es, por fortuna, patrimonio exclusivo del literato: la aprovecha el general que arenga a las tropas, la muchacha que quiere seducir a su vecino, el expositor que busca persuadir a su auditorio, o dos parroquianos que necesitan expresar con vigor sus opiniones. También la aprovecha el que injuria.(Un paréntesis: algún día los antropólogos o los neurólogos o la psicología deberán explicarnos dos fenómenos: cómo afinó el lenguaje el cerebro del homínido, y en qué momento apareció, en esa máquina asombrosa que es el cerebro, esa cosa mucho más sutil que es la conciencia, “el poema más alto de la materia”, como la definió alguien). Por último, pero no por ello menos importante, la literatura existe para divertirnos. Nos divierten sus historias, su música, sus reflexiones y parlamentos. En este sentido, podemos definirla como un pasatiempo sofisticado. La diferencia estriba en que estamos ante un pasatiempo que puede modificarnos íntimamente. Muchas veces, la persona que cierra un libro es diferente a la persona que lo abrió.Y ¿para qué la poesía? La poesía acude en nuestra ayuda cuando el mensaje que queremos trasmitir es refractario a los otros géneros; como esas grandes sagas que encuentran en la novela su vehículo ideal; o esas pequeñas historias cuyo protagonista es el argumento, como en el cuento y el drama; o esas reflexiones de las que sólo el ensayo sabe dar cuenta. Cuando lo que tenemos es una emoción, o un pensamiento muy delicado, o una historia difuminada, o apenas el boceto de algo que oscila entre el sonido y el sentido, tenemos que recurrir a las sutilezas del verso. Cualquier otro instrumento aquí será torpe; es como si un relojero quisiera hacer su trabajo con las herramientas del mecánico.Quizá pienso con el deseo, o con miedo; reconozco que esto es un acto de fe antes que una conclusión racional, pero cada vez estoy más convencido de que la poesía juega un papel clave en la sumatoria de factores que deben concurrir para que el mundo se salve y la civilización prevalezca.

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