Una tregua que no conviene

Una tregua que no conviene

Noviembre 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

La propuesta de tregua de las Farc parece una buena idea. A mí me enterneció. Nadie escapa al influjo del espíritu de la Navidad, me dije. Además de proporcionar un respiro a los colombianos que viven en zonas de guerra, una tregua permitiría dialogar sin el ruido de los combates y les quita argumentos a los belicistas, a “los enemigos de la paz”, los exagazapados porque ya no se esconden: ahora hablan duro, entonan himnos de guerra con fervor patrio y tachan a Santos de terrorista, algo tan injusto como decir que Luis Carlos Sarmiento es filántropo o que Madona es mojigata y que la mamá de Dios es San Pedro. Claro que estos buenos hombres saben que no estamos cerca “del fin del fin”. Es sólo que no soportan ver al Gobierno discutiendo con los facinerosos en lugar de aventarles bombas como ha hecho durante 50 años; y como estos patriotas no viven en zonas de guerra, les parece fácil prolongar el conflicto otros 50 años. Botao.La propuesta deja al Presidente enfrentado a un dilema: si la acepta, los belicistas dirán que va a caguanizar todo el país. Si la rechaza, muchos lo acusarán de perder una gran oportunidad de “humanizar el conflicto”, un eufemismo perverso porque sugiere que hay guerras humanas. El Gobierno se mantiene en su posición: hay que negociar en medio de los combates. Y tiene razón. A pesar de la dulzura de la palabra, las treguas requieren unas condiciones de verificación que permitan decidir si la bomba de antier en Caloto la pusieron las Farc, el ELN, las Bacrim, los indígenas, la Marcha Patriótica, el Ejército o las “fuerzas vivas” de la población, porque vivos hay en toda parte.Todas las conversaciones de paz del pasado se rompieron por hechos de guerra cometidos por las partes. Por eso es conveniente que estas negociaciones estén blindadas contra ruidos, y la mejor manera de hacerlo es aceptando que se realicen en medio de los combates.También es acertado excluir la población civil, una condición consignada en la hoja de ruta del proceso, donde se acordó que ella estaría por fuera de la fase exploratoria (las conversaciones secretas sostenidas por las partes entre febrero y agosto), que tendría una participación mínima durante la fase de negociación y una más amplia en la fase de implementación. Así debe ser. Imagínense la mesa de La Habana con la participación de la ‘sociedad civil’, es decir, con las intervenciones de Uribe, Piedad Córdoba, los sindicatos, los columnistas, los taxistas, los concejales, la Iglesia de la Roca, la Oficina de Envigado…Es comprensible el escepticismo de un sector de la opinión frente al éxito de este proceso. No es fácil confiar cuando negocian una facción que le gusta derramar sangre, las Farc, y otra que le gusta chuparla, nuestra clase política. Con todo, soy optimista. Confío en el blindaje de estas negociaciones, y en que debe haber mucho tema ‘cocinado’ durante la fase exploratoria. Quiero creer que llegó el momento de ponerle fin a un negocio vil que beneficia a unos cuantos al precio del dolor y la miseria de millones de colombianos. Dirán que pienso con el deseo, pero ¿no es el deseo el resorte de la voluntad? ¿Y no es justamente la voluntad lo que tiene a las partes conversando en La Habana?

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