Un santo maldito

Un santo maldito

Julio 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Charles Bukowski, el autor que vemos ahora en el Taller Comfandi, puede ser clasificado entre los poetas malditos de este lado del Atlántico, o entre los representantes de la contracultura estadunidense, o en el exclusivo club de los autores más narcisos de ese narciso país, o en el infierno de los cínicos, pero también cabría en el santoral de los varones más virtuosos del siglo XX.La mejor literatura norteamericana es ególatra; a veces de una manera muy curiosa: impersonal, colectiva, a lo Walt Withman, que cuando decía “yo” se refería a un país, o quizá a una tribu de hombres altos de ese país, e incluso a Walt Withman. “Yo me canto y me celebro a mí mismo…”También fue narciso Henry Miller, autor de una obra autobiográfica cuyo centro es él, un monstruo hecho solo de falo y cerebro, sabio de bar y sátiro de pezuña hendida.Ernest Hemingway es una anomalía del club: su obra no es autobiográfica pero él mismo fue un ególatra consumado: bello, aventurero, soldado, protomacho y don Juan cosmopolita, se pegó un tiro por culpa, dicen, de una disfunción eréctil (es probable que Ava Gardner, “el animal más hermoso del mundo”, haya tenido parte en esta tragedia). Truman Capote se declaraba su amor sin ambajes: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, repetía la mejor pluma de la literatura inglesa, incluido William.Bukowski también es narciso, pero no de cualquier manera. ¡No podía permitírselo! Feo, cacuso, marginal, lujurioso, pobre, dipsómano, supo siempre que estaba condenado al fracaso. Entonces se decidió a ser el fracasado más notable de la literatura universal, el mayor antihéroe del cómic trágico, digámoslo así, por encima incluso del campeón del género, Woody Allen, y muchos creemos que lo logró.Sus enemigos, los literatos pulcros, no lo quieren: “En vez de tinta usaba una mezcla de Whisky y semen”. Y es cierto, pero olvidan algo central. Los cínicos siempre dicen las peores cosas de la peor manera, y siempre tienen razón. No podemos pedirles frases edificantes sobre la patria, la infancia, la honestidad o el medio ambiente. ¡Primero se cortan la mano! En cambio escriben donosos: “Es muy difícil que no te guste el olor de tu propia mierda” (Bukowski sobre Bukowski, párrafo uno), donde “mierda” puede significar vilezas. O mierda.En lugar de escribir frases bellas sobre la amistad, que pueden conseguirse en la tienda de la esquina, dicen con una entereza admirable: “En el fracaso de un amigo hay algo que no nos desagrada” (George Steiner, Sobre la envidia).Por razones éticas, el cínico no puede decir cosas bonitas: es un ángel caído; y tiene un fino sentido del ridículo. Todo el que pronuncia frases nobles, está diciendo entre líneas: “Yo soy noble”, ñoñez que solo puede firmar un político. Y el cínico es demasiado listo para pisar semejante cáscara. Además, se sabe capaz de actos viles. Por eso confiesa cosas terribles para expiar su culpa y atizar, al tiempo, debates sobre los instintos más oscuros de la condición humana.Es por esto que uno encuentra debajo de las frases horribles del cínico un trasfondo inteligente, mientras que detrás de las frases almibaradas del pastor y del político solo hay un cálculo mezquino.Cuando se leen con cuidado textos de Bukowski (por ejemplo el ensayo Es difícil vender la paz, viejo, o el cuento Violación) se ve de manera nítida el trasfondo de poesía y bondad de una obra escrita en apariencia (y también realmente) con una mezcla exacta de whisky y semen.

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