Un libro frenético

Noviembre 21, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Compra un caballo en Estambul es un libro de culto entre los jóvenes. Por desgracia está descatalogado. Solo se consigue en ventas de segunda y ediciones piratas. Lo escribió Fernando Calero y es un volumen de una potencia y una economía inusuales en nuestra literatura. ¿Qué lo diferencia de la narrativa tradicional? Todo. En general, los narradores son tipos que dicen pocas cosas en muchas páginas. El libro de Calero, en cambio, es vertiginoso, un calidoscopio de acciones y sensaciones cuyos relatos nunca ocupan más de dos páginas. Compra un caballo en Estambul tiene un surtido repertorio de “ganchos”: contiene una alta densidad de peripecias por centímetro cuadrado; esas peripecias son malditas y sus protagonistas son seres marginales; el lenguaje -austero, preciso- ciñe perfectamente los contornos de sus descarnados argumentos; y, por último, los sucesos del libro, siempre inmorales, son narrados con clásica impasibilidad. Como Homero, el narrador no se despeina en medio del combate; como Lawrence Durrell, no se ruboriza en medio de la orgía. Pero tampoco se pavonea como lo haría un Maqroll, ese personaje que es, como era su creador, demasiado exhibicionista. Clasificar los cuentos que integran este libro no es fácil. Por su brevedad, uno estaría tentado a llamarlas minicuentos. Pero esta palabra sugiere esfericidad, ingenio. Y formalismo estructural: principio, nudo, desarrollo y desenlace. Nada de esto hay en los relatos -llamémoslos así- de Fernando Calero. Se nota que no escribe para entretener a nadie y que no le preocupan las convenciones de género. Quizá solo quiere exorcizar sus fantasmas, y el resultado son estos fragmentos inconexos, astillas de espejo, flashes de gran potencia dramática y perfecta resolución estética. Todas las piezas del libro contienen un narrador testigo, quizá el mismo siempre, un tipo que se devora la vida en sorbos largos y frenéticos: comparte una casa con mercenarios portugueses en Mozambique, y otra con asaltantes de bancos en la Costa Brava; se enreda con una joven etarra en Barcelona, toma valium y cherrynol con Andrés Caicedo en Cali, sale de copas con Amparo Grisales en México, se salva por un pelo de morir por hipotermia en Estocolmo, asiste al entierro de una prostituta de la calle en Buenaventura, nos muestra las volutas de humo de cigarrillo formadas por las sabias contracciones del esfínter de una señora en un burdel circense de Bangkok, y un acuario donde nadan modelos desnudas con un número colgado del cuello, y el hospital donde agoniza de sida una amiga suya, y a su hermano en las garras del ELN, y amigos que se inyectan aguasangre con morfina o con speedball (coca + heroína), y toda la surtida gama de las excretas sociales y, lo más asombroso, el porcentaje de ficción de este libro es infinitesimal. Además de las virtudes ya señaladas (brevedad, potencia, amoralidad) hay que agregar un rasgo singular: es un libro de acción pura. Allí no hay reflexiones, o están en los poemas intercalados en páginas aparte para que no ‘contaminen’ los relatos. Así, el narrador no se siente y uno cree estar contemplando directamente las escenas, hecho que les confiere vividez, verosimilitud. A Juan Rulfo le habría encantado esta decisión.

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