Un libro duro de roer

Un libro duro de roer

Marzo 27, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

En sus memorias, Claire Goll cuenta que James Joyce siempre elegía los mejores trajes y los apartamentos más sombríos. Que cuando su hija Lucía enloqueció, él intentó curarla con una terapia que combinaba clases de dibujo y encuadernación y sesiones con el doctor Carl Jung. Al ver que no pudo sacarla de ese oscuro foso, se dedicó a cantarle canciones de cuna irlandesas todas las noches por el resto de su vida. Que no dejaba ir ninguna visita sin recitarle sus poemas, oficio para lo cual apenas tenía talento. (A pesar de la evidente mediocridad de sus versos él siempre se consideró, ante todo, un poeta lírico). Luego del recital decía: “Vamos a relajarnos”, y acto seguido le regalaba una demostración de bel canto. “Su voz no era tan mala pero la entonación infatuada salía con tanta complacencia que apenas era soportable”. Generalmente cerraba el show con una exhibición de foxtrot, baile que dominaba con maestría. Joyce tuvo dos secretarios que explotó sin pudor: el poeta Ivan Goll, marido de Claire, y Samuel Beckett. Como un dios irrestricto de su secta, imponía a cada uno de sus servidores tareas inflexibles. A los traductores de sus libros los insultaba en la lengua correspondiente.Ulyses, su famosa novela, a tenido un destino triste: nadie ha podido arribar a su última página pero todo el mundo la pondera. Para muchos es la mejor novela del siglo, para algunos el ápice de la literatura, y para otros El Libro. Lo curioso es que hay tantas razones para abandonarla como para ponderarla. Para lo primero sobran razones: es gorda, caótica, incoherente, pedante, jarta en suma. Para lo segundo también. Hasta sus detractores reconocen que Joyce es dueño de una extraordinaria potencia verbal; que, como en una laboriosa cábala, cada uno de los 18 capítulos corresponde a un arte, a un sentido corporal, a un color, a un símbolo, a una técnica literaria, o a una de las aventuras de Ulises de Ítaca. (Stuart Gilbert cuenta que a los 15 años el seminarista Joyce se divertía inventando poemas de Horacio, de Anacreonte, de Dante -en muy buen latín, griego o toscano- para burlarse de la candidez de sus profesores). En lo que sí están de acuerdo los literatos es en que con Ulises se puso a punto una técnica narrativa cara al siglo, el monólogo interior. “Joyce metió un micrófono en el cerebro de sus personajes”, como explicó Sábato con audaz economía. En una carta escrita a su única mujer, Nora Barnacle, le cuenta: “Hace seis años que dejé, con un odio ferviente, la Iglesia Católica. No pude seguir. Me lo impidieron los impulsos de mi naturaleza (Joyce era cegatón pero lujurioso). Empecé a estudiar medicina tres veces, una vez leyes, una vez música. Hace una semana me estaba preparando para marchar como actor ambulante. No pude poner muchos ánimos en el plan pues tú estabas ahí siempre, codeándome. Las dificultades actuales de mi vida son increíbles, pero las desprecio”.“Yo tampoco he leído el Ulises, pero leo y releo con felicidad algunas escenas”, confesó Jorge Luis Borges en algún número de la revista Sur. Quizá así debe hacerse, quizá el Ulises sea un libro para hojear, como la Biblia, una summa laica, como la Divina Comedia, una enciclopedia en clave, un libro que cifra el universo, como el I Ching, y que puede, por tanto, ser oscuro, infinito, alto y misterioso pues no ha sido hecho (¡faltaba más!) para entretener mortales.

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