Un cerebro anómalo

Enero 05, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

A los 21 años de edad Stephen Hawking contrajo el “mal de las neuronas motoras”, una enfermedad misteriosa que lo dejó cuadrapléjico. Por fortuna, el resto de su cerebro quedó intacto. Hoy tiene 69 años y es uno de los científicos vivos más importantes del mundo. Su campo de estudio es la cosmología, el estudio físico del universo en su conjunto: sus inicios, su evolución y su destino final.Uno de sus dos trabajos más destacados es un modelo físico-matemático para describir el comportamiento de los agujeros negros (materia de altísima densidad). Estos ‘sumideros’ de energía y materia les interesan mucho a los astrofísicos porque el momento cero del universo, el Big Bang, no fue otra cosa que la explosión de un agujero negro. Cuando abandonó a su esposa para casarse con su enfermera, la ex se vengó con Música para conmover estrellas, un libro donde escribió: “Lo difícil no fue bañarlo, vestirlo, darle la sopa, cuidar los niños y prepararle las notas de sus conferencias durante 25 años, sino convencerlo todas las mañanas de que él no era Dios”. Quizá tenga razón la señora. Lo cierto es que a Hawking Dios le parece “una variable muy incómoda en las ecuaciones. Dios no explica. Complica”, afirma entre lacónico y divino. “Es menos difícil explicar el origen del universo que el de Dios”. En cambio, cree en Wagner por sobre todas las cosas. Por eso su música fue el fondo elegido para el homenaje que se le rindió una tarde de agosto de 2003 en el patio central de Cambridge. Mientras el sol doraba los muros y las viejas torres de la universidad, el sintetizador de voz de Hawking agradeció el homenaje con un discurso breve pero emotivo. El auditorio -la crema de la aristocracia inglesa y la ciencia del mundo- lo ovacionó de pie y la Sinfónica de Londres eclipsó el crepúsculo con La cabalgata de las valquirias, de Richard Wagner. En ese momento llegó Roger Penrose, su profesor y compañero de investigaciones (nadie lo esperaba; se lo creía muy enfermo en un hospital de Oxford), y los dos sabios se fundieron en un abrazo estrecho y largo. “No quedó un ojo seco esa tarde”, recuerda Hawking.Piensa que los computadores nos están tomando la delantera en demasiados campos, y que la posibilidad de que ellos y los robots lleguen a controlar nuestras vidas no es una broma de la ciencia ficción. “Los ingenieros genéticos deben hacer algo pronto... Con trasformaciones precisas del genoma podemos incrementar la complejidad del ADN y mejorar la inteligencia del ser humano”, sugiere.El otro trabajo notable de Hawking son sus aportes para unificar la teoría de la relatividad, que opera a escala estelar, y la mecánica cuántica, que rige los fenómenos atómicos. Cuando un periodista le preguntó qué haría si supiera que va a morir dentro de una hora, respondió: “Besaría a mis hijos... lloraría siete minutos... me aferraría a la mano de mi esposa... y pondría el cuarteto de cuerdas opus 132 de Beethoven”. Aunque reconoce que su enfermedad “no fue exactamente una bendición del cielo, me permitió un grado de concentración que ha sido muy importante para mi trabajo. Je ne regrette rien”, yo no me lamento de nada, dice recordando una canción de Edith Piaf. “Esa frase compendia mi vida”.

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