Tedio espacial

Tedio espacial

Marzo 31, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

En los últimos 46 años, ninguna hazaña espacial ha logrado conmover al mundo. Entre 2014 y 2015, por ejemplo, se realizaron dos misiones y un descubrimiento notables, pero ninguno de estos tres sucesos nos alteró el pulso. En noviembre de 2014 la Agencia Espacial Europea puso una nave en un cometa de 4 kilómetros de diámetro situado a 510 millones de kilómetros de distancia; es como atinarle a una moneda de 50 pesos en la cúpula de la Catedral Primada de Bogotá disparándole desde la Torre de Cali. Portentoso, sin duda. Por desgracia el perol europeo se estrelló contra la superficie del cometa, dio varios tumbos y fue a parar, inservible y aparatoso, en una oscura grieta del astro helado. En julio de 2015 la sonda estadounidense Nuevos Horizontes orbitó a Plutón y envió a la Tierra varios terabytes de información inédita sobre el pequeño explaneta. En dos días, el suceso desapareció del horizonte noticioso. Poco después, los radiotelescopios de la Nasa descubrieron en las profundidades del espacio a Kepler-452b, un planeta que podría albergar vida porque tiene unas características muy similares a las de la Tierra. La buena nueva revoloteó una semana en las redes sociales y se evaporó sin pena ni gloria. Los viajes al espacio son el capítulo más sofisticado de ese éxodo que empezó cuando las primeras tribus de homínidos abandonaron África y se dispersaron por el mundo. Pero las exploraciones terrestres han tenido consecuencias sociales y económicas mucho más importantes que las espaciales, cuyos enormes costos están lejos de ser recuperados. Y no hablo solo de utilidades económicas. Uno esperaría que una empresa de semejantes dimensiones hubiera dejado una gran estela de inventos tecnológicos, o un cambio profundo en nuestra cosmovisión. Antes del alunizaje de 1969, las misiones espaciales despertaban un gran interés porque todas eran “la primera” de algo. El primer satélite, la primera nave en salir de la atmósfera, la primera perra en el espacio, la primera mujer, el primer cosmonauta, la primera caminata, el primer acople de dos naves…Con el alunizaje tocamos literalmente el cielo con las manos... y empezó la fatiga porque ya no hubo más aterrizajes tripulados en lunas ni planetas, ni se encontraron formas de vida, y los minerales encontrados, hay que decirlo, apenas interesan a los geólogos. Por alguna razón, las piedras, que cuentan la historia del planeta en estratos elocuentes y que son casi tan viejas como las estrellas, no despiertan grandes pasiones. Después de la hazaña del Apolo XI, las misiones espaciales solo nos producen una lánguida admiración. Para que la aventura del espacio recupere el interés del público, y los jugosos presupuestos de los años dorados, es necesario un hecho espectacular: un viaje tripulado a Marte o un contacto extraterrestre. O que encontremos vida en Kepler, una flor extragaláctica, una biología inédita, células sin carbono, máquinas sentimentales, un silicio romántico, perros que resuelvan ecuaciones diferenciales. Algo. En cualquier caso, la aventura espacial no se detendrá. A pesar del pobre retorno de la empresa, el hombre seguirá explorando porque necesita saber qué hay en ese planeta, detrás de esa estrella. En el fondo, sigue siendo un nómada incorregible. Necesita viajar porque es curioso, quiere extrañar la casa y ama hacer amigos. Lo aterra la posibilidad de que esté solo en el cosmos.

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