Taller de poesía Promédico

Taller de poesía Promédico

Febrero 28, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

En teoría, la palabra escritor cubre a todo el gremio: dramaturgos, narradores, ensayistas y poetas, pero en la práctica excluye a los últimos. Por eso es que uno ve en los avisos ‘escritores y poetas’ como si fueran dos especímenes distintos. Y tal vez lo son. Los primeros escriben prosa, los últimos versos. En la prosa prima el sentido. El contenido pesa más que la forma. En el verso, como en la música, contenido y forma son inseparables. “La poesía oscila entre el sonido y el sentido”, dijo para siempre Paul Valéry.

Los poetas usan un lenguaje encriptado. Odian llamar al pan, pan y al vino, vino. Para esos menesteres está la prosa, explican con un punto de compasión. Los prosistas deben ser claros, so pena de merecer el aforismo de Borges: “Hay escritores que parecen oscuros por su profundidad, y hay otros que quieren parecer profundos a fuerza de oscuridad”.

Los prosistas cuentan historias, o especulan en torno a una idea, como el ensayista. El poeta puede limitarse a sugerir una emoción.
Algo así decimos los profesores en la primera clase. En la segunda reconocemos que, por fortuna, los escritores mezclan los géneros y subvierten las teorías para repotenciar sus textos y, de paso, joder a los profesores. Un ensayista que no sepa acuñar imágenes poderosas será apenas un erudito. Una hazaña contada sin poesía será pronto un suceso olvidado. Debajo de sus emociones elementales, los versos siempre traen, entre líneas, una historia o una reflexión, una blasfemia o una plegaria, porque las emociones nunca son inocentes ni elementales ni brotan de la nada.

Sobre esta feliz hibridación de los géneros gira el ‘Taller de creación y apreciación poética’ que viene orientando Betsimar Sepúlveda en Promédico, y cuyo próximo ciclo empieza el martes 6 de marzo a las 7:00 p.m.

Este taller es un centro de exterminio de lugares comunes. Se ocupa del verso clásico, claro, pero no descuida otros ‘versos’, como los de Calle 13, los boleros, la pintura y el cine eróticos, la filosofía de María Zambrano o las maldiciones contra Baruch Spinoza. Sepúlveda reconoce que la inspiración es caprichosa y brinca cuando le da la gana, pero cree que hay “disparadores” que pueden convocarla: aguzar los cinco sentidos, ser hiperconsciente de las pequeñas cosas, volver a mirarlas despacio, pelar lentamente una mandarina, descubrir milagros que no vemos porque son cotidianos, escribir sobre un cuerpo desnudo, sobre una cicatriz, transmutarlo todo, “convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo”. Comprender que, aunque ya todo esté dicho, hay que volver a nombrar las cosas cada día por el placer de hacerlo y porque las metáforas se gastan.

Una vez al mes, un escritor de trayectoria visita el taller, dirige una sesión de trabajo, conversa con los estudiantes y comparte con ellos secretos del oficio.

El primer requisito de los aspirantes a un cupo es ser buen lector, tener muchas ganas de escribir y hacerlo como si de ello dependiera la suerte del mundo. El segundo es la tolerancia a la crítica. En el taller se corrigen los textos de los estudiantes con respeto y franqueza... pero sin compasión.

La Plana saluda con beneplácito la proliferación de talleres de escritura en Cali. Son escritorios, en primer lugar, pero también puntos de encuentro, centros de pensamiento, trincheras de resistencia del espíritu ante el avance de las hordas de los bárbaros.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

VER COMENTARIOS
Columnistas