Supersticiones tipográficas

Supersticiones tipográficas

Abril 09, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Escritor que se respete tiene supersticiones tipográficas que observa rigurosamente, y yo no soy la excepción, así no me respete mucho. Entre las mías, la primera es el interlineado: tiene que ser de espacio y medio. Esto significa que entre dos renglones deben caber 1.5 ‘aes’. El espacio sencillo apeñusca el texto en una promiscuidad intolerable que lo vuelve ilegible, y el espacio doble llena de aire el párrafo, lo descompacta y le arruina su sólido carácter.El pie de página debe tener pocas líneas. Debe ser eso, un pie, no pantorrilla ni pierna-pernil. Un pie de página de diez líneas es antiestético, como un zócalo muy alto, o un pantalón cuya pretina llega a las tetillas, o una geisha patona. El horror. Es muy propio de los libros de los profesores, cuyos ‘pies’ pueden colonizar páginas enteras, al cabo de las cuales el lector tiene que volver atrás para recordar para dónde diablos iba la cosa. Para ellos, mi consejo es: cuando se les hinche un ‘pie’, incorpórenlo al texto, dedíquenle un capítulo aparte; o un nuevo libro. Jamás, óigase bien, jamás, compre libros cuyos ‘pies’ devoran la página y dejan el cuerpo del texto allá arriba, como una cabecita minúscula y ridícula, como un pie del pie.El doble espacio tiene un significado preciso. Por eso es un error utilizarlo de manera mecánica para separar los párrafos. El doble espacio es un silencio. Significa que el relato está dando un gran salto en el tiempo, y el lector debe estar preparado: quizá los niños ya son adultos, hay iglesias donde una vez hubo teatros, y la entropía lo ha devorado todo, incluso las pirámides y la corrupción.Si se ‘quema’ el doble espacio separando párrafos, hay que indicar estos silencios con cuatro espacios. Y cuatro espacios son un abismo. Una eternidad espacial.La sangría tiene dos funciones: le da ‘movimiento’ al bloque de la caja, salva la monotonía del margen izquierdo y ayuda a separar los párrafos, cuyos límites pueden confundirse cuando el punto aparte cae justo en el margen derecho de la ‘caja’.En cuanto a fuentes, prefiero las esbeltas, las ‘paloseco’, como arial o calibri, sin ‘serifas’, o paticas, pero Roberto Caro (El Bando Editores) asegura que las ‘paloseco’ solo sirven para títulos y portadas y que las ‘serifadas’ (times roman, garamond…) son las más apropiadas para los textos largos. Justifiqué mis textos a ambos lados hasta cuando María Eugenia Carvajal me explicó que es más fácil leer un texto sin justificación derecha porque el ojo se orienta mejor en líneas irregulares, que son una magnífica referencia óptica. Y jamás, óigase bien, jamás, desoigo los consejos de una nerda. Por último, lo más importante, el diseño de la página. La ‘caja’ debe ser pequeña, es decir que las márgenes deben ser generosas para que las costuras no se coman las palabras, el texto flote en el ‘aire’, el lector tenga espacio para escribir notas, o para poner los dedos, y, sobre todo, para que el renglón sea corto. Jamás, óigase bien, jamás, compre libros de renglones largos, es decir, de márgenes angostas, id est, de impresores mezquinos. La ‘caja’ pequeña permite que el lector avance muy rápido (el lector ama avanzar), que pase muchas páginas en poco tiempo y pueda luego presumir: lo leí de un tirón, y el autor queda muy bien. “Tiene un estilo fluido”, dirán los críticos. Es una perrada, lo reconozco, pero es que París bien vale una misa, como decía una percanta, fané y descangallada, al salir del cabaret.

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