Steiner, la suma

Steiner, la suma

Febrero 10, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Entre los hombres de conocimiento se pueden distinguir tres órdenes especiales: los que lo saben todo, es decir, los eruditos, los memoriosos. Luego están los que son capaces de producir conocimiento, los sabios. Y por último, el genio, una persona capaz de urdir vastas síntesis teóricas, alguien que reflexiona emocionalmente (o que siente de una manera cerebral, como gusten) y que tiene el pulso necesario para poner sus conclusiones en prosa de muy buena ley. Los que son apenas cerebrales son jartos; los puramente emocionales, empalagosos.George Steiner pertenece al tercer orden. Nació en 1924 en París en el seno de una familia judía de origen vienés, se educó en las mejores instituciones de Europa y Estados Unidos y empezó una estelar peregrinación docente: Oxford, Universidad de Ginebra, Princeton, Stanford, Yale, Cambridge… Ha sido conferencista en la Sorbona y en el Collège de France, en las universidades de Siena y Bolonia y en las de Europa del Este, en España, en Johannesburgo, China, Japón. Él se presenta como un profesor de literatura que “incursiona en la interfaz de la filosofía y la poética” (teoría literaria). En realidad Steiner ama todas las interfaces. Ejemplo: “Ningún periodo de la historia ofrece un conjunto de tensiones tan maravilloso como los siglos XVI y XVII: la fe y la Reforma se renuevan combatiendo el ateísmo más o menos clandestino; la astrología se alterna con la astronomía; la geomancia con los comienzos de la mineralogía; la alquimia engendra la química; el estudio de imanes y espejos es inseparable de la nigromancia; el hermetismo y la Cábala inspiran la investigación matemática. Es imposible disociar aquí lo esotérico de lo sistemático y lo científico”. (Lecciones de los maestros, capítulo 3).Para sus alumnos, Steiner es el profesor de literatura comparada; para los escritores, el vértice superior de la Santísima Trinidad de la crítica (los vértices inferiores son Harold Bloom y Umberto Eco); para los traductores, un gurú, el políglota capaz de dictar conferencias sofisticadas en alemán, inglés, italiano o francés, y claro, el autor de Babel, la biblia del gremio, el amante rendido de las lenguas que es capaz de declarar sin rubor: “He tenido el privilegio de expresar y hacer el amor en cuatro idiomas… Tal vez el orgasmo compartido sea un acto de traducción simultánea…”.Los libros de divulgación muy puntuales son indispensables, por supuesto. Necesitamos ensayos que nos digan cuál es la situación actual en informática, el genoma, la astrofísica, los insectos o las tendencias sexuales. Pero después de mirar los puntos uno necesita la panorámica, la visión de conjunto, el análisis que nos dé la sumatoria de los avances del conocimiento, que nos muestre cómo han evolucionado estas materias, que nos cuente las gestas y las vacilaciones de los países e intente una conclusión: ¿Avanzamos o retrocedemos? ¿Avanzamos, pero hay que corregir el rumbo, porque lo hacemos en un ángulo demasiado oblicuo, o inhumano, o peligroso? Ahora, si el autor hace este paneo en buena prosa, tanto mejor; no sólo porque así la lectura será una experiencia sensual, sino también porque entonces el lenguaje se vuelve un instrumento mucho más agudo y puede penetrar más hondamente. Con Steiner lo tenemos todo: la panorámica, la hondura, la poesía y la pasión.

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