Sobre los cínicos

Enero 05, 2017 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

El cínico es un ángel caído, un moralista embozado. Sabe que tiene pies de barro; por eso, por una íntima vergüenza, no puede ir predicando frases nobles. Además tiene sentido del ridículo. Comprende que escribir frases virtuosas equivale a pregonar “soy virtuoso” y que, después de san Francisco de Asís, nadie tiene derecho a decir “Soy humildísimo, el último siervo del Señor”. Nunca se ufanará de su honradez porque entiende que la probidad es un deber, no una virtud. Si alguien insiste en que nunca le ha “quitado un peso a nadie”, deja ver que le ha costado mucho reprimir la tentación...El cínico no da consejos porque pueden confundirlo con los pastores o los políticos. Nunca entona himnos a la naturaleza porque da por sentado que la gente sensata cuida el aire, el agua, los árboles y los animales. Darles consejos a los mayores es una impertinencia. Los consejos son para los jóvenes y las obviedades para los manuales, piensa. Un cínico puede admirar series circulares, como las de Tagore: “Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví, y descubrí que el servicio era alegría”, pero nunca escribirá ternuras circulares porque sabe que la santidad es una gracia que le ha sido negada.Un cínico no elogia la amistad. Ya la han cantado mucho, piensa. En cambio, confesará sentimientos oscuros: “En el fracaso de un amigo hay algo que no nos molesta”, como repite George Steiner inspirado en un aforismo negro de Rochefoucauld. Esta frase es mucho más compleja y valiente que mil ternuras. Es más compleja porque nos habla de un sentimiento demasiado humano, la envidia, y es más valiente porque se necesita más valor para reconocer un defecto que para jactarse de una virtud. El cínico atiza el fuego del debate. El moralista lo sofoca con sus mieles angélicas.Sabina se arriesga a la ternura, le canta al “sexo con amor de los casados” y uno admira que ese bohemio se atreva a quebrar una lanza por la desvalorizada institución del matrimonio. Woody Allen prefiere defender la aventura: “El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es de lo mejor que existe”. San Agustín dejó muchas máximas pero la más famosa reivindica la naturaleza humana: “Dame la castidad, Señor, pero no ahora”. Catorce siglos después, Voltaire le hace coro: “Todos los cristianos quieren ir al cielo, pero no ahora”. Hay frases agudas sobre la inteligencia humana, pero la más aguda también es de Voltaire: “Inteligente es esa persona que piensa como uno”. El moralista acuña frases ejemplares y nos exhorta al bien. El cínico deja caer una araña en la sopa: “Los sabios dan buenos consejos cuando ya no pueden dar mal ejemplo”.Borges comenta estos dos temperamentos. “Leibniz creía que vivíamos en el mejor de los mundos posibles, Voltaire sabía que el mundo es malo y que tiende a empeorar. Nos sentimos tentados a creer que el francés tiene razón, pero ¿cómo puede ser malo un mundo que produce hombres como Voltaire?”. Quizá ambos, el cínico y el moralista, quieren un mundo mejor, pero se diferencian en que el primero niega nuestros instintos. Habla como un ángel entre ángeles. El cínico nos invita a reconocer nuestros demonios. Hay entre ambos la misma distancia que media entre los manuales de superación y la verdadera filosofía. El manual es acrítico, obvio, bueno en el sentido más cándido. La filosofía no elude los abismos del alma ni las agonías de la duda.Sigue en Twitter @JulioCLondono

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