Sobre la modestia

Sobre la modestia

Octubre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Quizá no haya un tema más difícil que hablar de uno mismo. Si estamos en uno de esos raros días de autoestima alta, el ‘oso’ es seguro y excretamos una de esas frases oscuras donde lo único claro es que, a nuestro lado, Shakespeare es un buen hombre. Si el día es negro, nos encogemos como el gusano más vil de la creación, digamos hasta menos catorce kafkas (un “kafka” es la unidad mínima del orgullo). Veamos cómo sorteó el tema un argentino que, además, era famoso. Un día, visitando el Sahara del brazo de María Kodama, Jorge Luis Borges cogió un puñado de la “minuciosa arena”, lo lanzó a los vientos y dijo con un rigor incontestable: “Estoy modificando el Sahara”. Aunque soberbia, la frase era cierta. Al frente de Fervor de Buenos Aires, escribió: “Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente. Nuestras nadas poco difieren; es trivial y fortuita la circunstancia de que tú seas el lector de estos ejercicios, y yo su redactor”. Aunque humildísima, la frase es falsa. La probabilidad de que un lector equis escriba Fervor de Buenos Aires es computable en cero. Para bien y para mal, los borges no son triviales ni fortuitos ni silvestres.Volvió a abordar el problema en una página perfecta, Borges y yo. Allí encontró una solución sencilla: había dos borges, Jorge Luis, un señor que envejecía y dudaba de su arte, y Borges, la vedette. El promedio de estos dos sujetos, era el punto justo, la esquiva “aurea mediocritas”.«Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con el infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. »No sé cuál de los dos escribe esta página».

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