Sobre dos modelos de administración pública

Abril 07, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Con la venia del lector, lanzo esta obviedad: la derecha y la izquierda son modelos válidos de administración pública. Ninguno es satánico. Ninguno es perfecto ni puede garantizar la armonía social. A la izquierda se la acusa de ser un espléndido fracaso, una utopía noble. A su favor, digamos que lleva menos tiempo fracasando que la derecha, esto es, la economía de mercado. Octavio Paz resumió así el debate: “La desaparición del socialismo no significa que estén resueltos los problemas que lo originaron”. Contra la derecha, basta enumerar algunas de sus plagas: la plutocracia, el deterioro del medio ambiente, el hambre de millones de personas y la concentración de casi toda la riqueza del mundo en los bolsillos del 1% de la población. A su favor puede alegarse que es el modelo dominante en los últimos 200 años y en todas partes, ¡hasta en China! Su punto más feliz, en términos sociales, fueron los Estados del Bienestar (1945-1980) y tuvo lugar especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, donde se pusieron en marcha magníficos programas de educación y salud públicas subsidiados por el Estado. Claro que esto no obedeció a un acto de generosidad espontánea de la derecha. Fue su respuesta a los espléndidos subsidios que ofrecía el comunismo. Por desgracia, a principios de los años 80 la economía de la Unión Soviética se reventó. Entonces Inglaterra y Estados Unidos se relajaron y un actor de reparto estadounidense y una estentórea señora inglesa decidieron que los subsidios eran una alcahuetería e impusieron, con el eficaz lobby de la plutocracia internacional, el neoliberalismo, o lo que Carol Wojtyla llamaría ‘capitalismo salvaje’. Los argumentos fueron exóticos: el actor blandió un dólar en televisión y gritó que estábamos “en la mañana de América” (?). La señora dijo que no existía la sociedad, solo la familia (!). Ambos alegaron que el Estado no era el papá de nadie… y le entregaron los niños (y los adultos y las riquezas naturales) a la economía de mercado, que se lo engulló todo, niños, adultos y recursos naturales, sin masticarlos. Los resultados no pueden ser peores. La brecha entre ricos y pobres se agudizó, como lo han reconocido el BID y el FMI; la educación y la salud son dos negocios más, y pasamos de la Guerra Fría a esta caldera del diablo que explota todos los días en Damasco, Bagdad, París o Bruselas, entre otros mil puntos del planeta. Las plagas no son totalmente imputables a la economía de mercado, claro. Juega también la ambición humana, ese delirio que no conoce ideologías. También es cierto que no debemos juzgar la derecha por orates como Hitler sino por nombres como Churchill, Roosevelt, Lázaro Cárdenas o López Pumarejo, así como no podemos juzgar a la izquierda por genocidas como Stalin sino por pensadores de la talla de K. Marx o G. B. Shaw. Esto en lo económico y lo político. En lo moral, la izquierda ha sido más abierta, cercana al liberalismo, mientras que la derecha es conservadora y está convencida de que sus dioses (Krishna, Cristo, Alá) son únicos y universales. Para la izquierda, la práctica de la eutanasia, por ejemplo, es una decisión íntima. Para la derecha es un pecado. Punto. En conclusión, la estupidez está en los extremos: ‘Timochenko’ o Mancuso, Trump o Boko Haram, Laureano o Perón, los talibanes o los miembros del Tea Party. Quizá podamos encontrarnos un día en algún punto del resto del espectro.

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