Sin novedad

Marzo 05, 2015 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Cada vez son más ilegibles las librerías. Están plagadas de mercadeo, gerencia, ángeles, PNL, psicología cuántica (¡recórcholis!), fórmulas para tener éxito (léase zorras caras) y manuales para que las señoras tengan orgasmos incluso con el marido (¡cáspita!)Pregunto, ¿quién puede comprar un libro que se llama El secreto y ha vendido millones de ejemplares, qué secreto es ese? Y si sus fórmulas funcionan y todos sus lectores alcanzan el éxito, después quién va a querer trabajar. ¡Cáspita bis!Mi señora me oye rezongar y me soba la cabeza. «Bobito, tápate la nariz cuando pases por la góndola de novedades y por las otras y ve derecho al fondo, o al sótano, y date gusto». Quizá tenga razón. De todas maneras, y para vengarme de las «novedades», dedicaré esta columna a reseñar libros editados hace 40 o más años. Por ejemplo este.Ciudadano sin tacha y juez correctísimo que se interesa especialmente por las causas nobles y las gentes humildes, Jean-Baptiste Clamence vive satisfecho de sí, cómodo dentro de su piel y sin sobresaltos de conciencia hasta una noche que, atravesando un puente sobre el Sena, ve un hombre acodado en la baranda. Clamence apenas lo observa un instante y sigue su camino. Va retrasado a un cóctel importante para sus negocios. Sigue de largo y, cuando ha dado unos pasos, escucha un chapuzón. Voltea a mirar y el hombre ya no está. Por un momento Clamence no sabe qué hacer. Lo más sensato, o por lo menos lo más piadoso, sería lanzarse inmediatamente al río y tratar de salvar a ese pobre desgraciado, pero lleva puesto un smoking muy fino... Una alternativa decorosa sería dar aviso a la policía, pero le harían muchas preguntas y se perdería el cóctel. Después de unos instantes de confusión, el grande hombre se encamina a la fiesta. Al día siguiente reflexiona sobre el suceso de la noche y comprende que su «filantropía» no ha estado nunca dirigida a la humanidad sino a sí mismo. Todas sus buenas acciones sólo perseguían alzar el pedestal que lo hiciera visible entre la multitud; admirado, amado. Este es el argumento de La caída (1956) de Albert Camus. Dando un paso más allá de los moralistas que fustigan el vicio, y más allá de la ética, que juzga nuestras relaciones con el mundo y con el otro, Camus husmea la calidad de los resortes internos que nos impulsan a la observación de la virtud.Algunos críticos se preguntan si esta novela no fue un auto examen del propio Camus, que era llamado con cariño «Saint Juste» en Francia por su carácter austero y por su verticalidad. Lo cierto es que después de leerla es difícil seguir teniendo un concepto elevado de nosotros mismos; que a veces tenemos, por un instante, la sensación de que el espejo nos devuelve una imagen socarrona. Esta novela, la única suya que no transcurre en Argel (sucede en Amsterdam), es un monólogo irónico y perspicaz, y está escrita en una de las mejores prosas de la literatura francesa, o en la mejor de la literatura africana, si se prefiere.Su obra esquiva la corriente en boga en su época, el existencialismo, y bordea la esfera del absurdo, pero no en la línea de Kafka sino en la del Billy Budd de Melville, autor que admiraba.Albert Camus jugó un papel valiente durante la Resistencia y fue, junto con Jean Paul Sartre, la figura intelectual preeminente en la Francia de la Posguerra. Nobel de literatura a los 44 años, Camus sigue siendo el laureado más joven en la historia del Premio. Murió en un accidente automovilístico tres años más tarde.

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