Santiago Uribe

Santiago Uribe

Marzo 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Permítanme empezar con dos obviedades: los nexos entre el establecimiento colombiano y las fuerzas paramilitares son históricos y entrañables. Estos nexos se estrecharon entre en el periodo 2002-2010, hasta el punto de que un centenar de parlamentarios estuvo sindicado entonces de actividades parapolíticas. Son hechos palmarios que ningún colombiano medianamente informado desconoce. La diferencia estriba en la evaluación moral de esta connivencia. Mientras medio país la considera funesta, la otra mitad la ve como una alianza estratégica por los intereses superiores de la patria. O como una operación de legítima defensa ante los vacíos de seguridad del Estado. Yo pertenezco a la primera mitad. La sociedad puede cometer un error en un momento de confusión, pero es su deber corregirlo luego. Es inmoral que se empeñe por años en taparlo o en justificarlo. Por esta división, Santiago Uribe es un matón para medio país, y un héroe para el otro medio. Así se explica la polarización que su captura ha generado en la opinión pública. Lo que no encaja en estas cuentas es la baja asistencia al plantón organizado por el Centro Democrático ante la Casa de Nariño para protestar por su captura: setenta personas. ¿Está perdiendo capacidad de convocatoria Álvaro Uribe? ¿Su férrea oposición al proceso de paz le está pasando cuenta de cobro? Puede ser algo que ya hemos visto: Uribe conserva su popularidad pero no puede endosarla fácilmente. Algunos analistas sugieren que existe un complot Fiscalía-Presidencia para presionar a Uribe a que adhiera al proceso de paz. Que apoye el proceso para que su hermano se beneficie de las gabelas que ofrece a los actores del conflicto la Justicia Transicional. Es una maniobra lógica pero demasiado arriesgada. A 20 días de cumplirse el plazo para la firma del acuerdo con las Farc, no es oportuno, por parte de Santos, irritar a un enemigo tan influyente. Como diría su compadre Fabio Echeverry, “No hurguen la perra, que los muerde”. Es más probable que Montealegre esté obrando en solitario, sin concertar nada con nadie. Quizá quiere enmendar la plana ahora, a un mes de abandonar el cargo sin resolver el caso Saludcoop, cuyo expediente metió en el congelador durante cuatro años; con el estigma de los escándalos de contratación, en especial los costosos ‘algoritmos’ de Natalia Springer; y su pelada de cobre en los debates sobre la reforma al equilibrio de poderes en agosto de 2015. Luego de esta debacle, su inmenso ego puede haberle susurrado la idea de capturar al presunto motosierrista para despedirse del cargo de manera sonora y con el aplauso del centro y la izquierda del espectro político.En cualquier caso, Colombia encara la recta final del conflicto sin Uribe. Y sin el ELN. Es verdad que ambos perdieron hace tiempo la capacidad de construir, pero conservan intacta su potencial para hacer ruido, desinformar y enrarecer el ambiente. El ELN insiste en negociar en Venezuela para reencauchar al agónico régimen de Maduro. Uribe insiste en imponerle a la mesa de La Habana condiciones-torpedo.A pesar de los esfuerzos del Gobierno y de muchos intermediarios de buena voluntad, no fue posible sumarlos a la negociación. Ojalá se unan algún día a la reconstrucción del país en la difícil y larga tarea del posconflicto.

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