Reglas curvas

Reglas curvas

Febrero 16, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Como todos, yo también tengo una debilidad incontenible por las leyes naturales, esas proposiciones que consignan las regularidades del universo. Son tranquilizantes, sintetizan el conocimiento en fórmulas sencillas y, sobre todo, nos dejan una confortante sensación de sabiduría. El problema con estas “reglas” es que son curvas; tanto, que con frecuencia se muerden la cola, terminan significando lo contrario de lo que afirman ¡y adiós tranquilidad, sencillez y sabiduría! Voltaire lo resumió así: “Después de muchos experimentos, he llegado a la conclusión de que sólo hay una ley absoluta: que a veces las leyes no se cumplen”. Pero estas humildades nos traicionan. Recordemos la vieja sentencia: “Toda regla tiene excepción”. Ok, decimos. El problema estriba en que esta también es una regla, y por lo tanto también debe tener una excepción, es decir, que debe existir al menos una regla sin excepción. Encontrarla sería un oasis de certeza en este angustioso desierto de subjetividad, de que sí pero no, de que nunca sabemos nada, ni siquiera si el sujeto aquel fue el mejor presidente de la historia o la encarnación del demonio. Incluso una regla tan recta como esa que nos dice que todos los cuerpos se dilatan con el calor, tiene la bendita curva. Ahí está el caso del chorizo, empeñado tercamente en encogerse con el calor como si a la termodinámica paisa le importaran un chorizo los postulados de la física clásica. Pero bueno, nadie en su sano juicio espera que un vulgar embutido se comporte de manera muy ortodoxa en ninguna circunstancia. Lo alarmante es que incluso a un compuesto tan notable como el agua, le dé por contraerse cuando pasa de cero a cuatro grados. El por qué, no se sabe; pero sí el para qué: lo hace para fastidiarnos. Eso es todo. Las leyes de la economía, ora ciencia infusa, ora oráculo difuso, están trazadas con rigor… y con curvígrafo. Ejemplos. Es bueno tener una moneda fuerte, pero no mucho porque entonces las exportaciones del país pierden competitividad. La injerencia estatal es funesta, pero la voracidad de la economía de mercado es peor. Subir el salario mínimo por encima de cuatro centavos recalienta la economía. Por debajo, la congela. Al ambientalista Gustavo Wilches Chaux le escuché un razonamiento que parece sacado de la economía. Es como una versión zoológica de la ley de la oferta y la demanda, y dice más o menos así: Cuando aumentan los sapos disminuyen los insectos, entonces disminuyen los sapos, por lo tanto aumentan los insectos. Es claro, pues, que entre las poblaciones de insectos y sapos hay una relación inversamente directa, como era de esperarse entre criaturas irracionales. Después de reflexionar durante cuarenta inviernos sobre estas parajodas, he llegado a tres conclusiones. Una: como dijo Shakespeare hace siglos, la lógica es una perra que se acuesta con todos. Dos: el universo sigue una curva rigurosamente ilógica, como lo ilustran los postulados de la mecánica cuántica, la debacle de Europa y los titulares de los diarios. Tres: La cuadriculada mente del hombre (también la de las mujeres, los indios, los niños y los afrodescendientes) no está cableada para entender la curvatura del orbe. Estas tres hipótesis pueden resumirse en una: Dios es geómetra, sin duda, pero no euclidiano sino pop.

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