Recuerdo de Navidad

Diciembre 23, 2010 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Todos los narradores, desde Dickens hasta Raquel Castaños (Mamá, ¿dónde están los juguetes?), han escrito un lacrimoso cuento de Navidad. Pero el mejor lo escribió el mejor, Truman Capote, Un recuerdo de Navidad, que también es sentimental como todas las historias del género, como la Navidad misma, pero fulgurante como la estrella de Belén o como el vitral de una iglesia baptista. Es la historia de una viejita y un niño que son primos lejanos y viven con unos parientes déspotas “que nos hacen llorar a cada rato pero nosotros apenas los tenemos en cuenta”, cuenta el niño, el narrador de la historia, con un estoicismo que nunca se les habría ocurrido a Dickens ni a Castaños, y pasa a otra cosa. La viejita lleva tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es jorobada, pequeña y vivaz como una gallina Bantam. Su rostro es escarpado como el de Lincoln y curtido por el sol; sus ojos tienen el color del jerez y una expresión tímida. Nunca ha visto una película, ni comido en restaurantes, ni viajado a más de cinco kilómetros de casa, ni leído nada distinto a revistas y la Biblia, ni usado cosméticos, ni pronunciado palabrotas ni dicho mentiras, ni deseado males a nadie, ni permitido que un perro pasara hambre. En cambio, toma rapé en secreto y sabe domesticar colibríes, matar una cascabel a garrotazos, hablar sola, pasear bajo la lluvia, cultivar las camelias más bonitas de todo el pueblo, contar historias de fantasmas capaces de helarle la sangre a uno en agosto y preparar menjurjes de indios, entre otros una fórmula para tumbar verrugas. Todos los días son emocionantes en la vida de esta pareja. Nada pueden los parientes déspotas frente a la risa del niño, ni las afiladas aristas de la pobreza ante la templanza de la viejita. Pero la mejor época del año es la Navidad, temporada que comienza cuando la viejita siente que las notas de la campana del pueblo son más nítidas y frías y que no hay pájaros en el aire. Entonces cogen un desvencijado coche de bebé y se van al bosque a coger macadamias para hornear treinta tortas. Claro, también necesitan cerezas y cidras, jengibre, vainilla y piña calada, harina, mantequilla, muchísimos huevos, esencias y especias y, lo más caro, whisky. Por fortuna se han preparado durante todo el año vendiendo frutas en conserva y recaudando fondos con el Museo de los Monstruos, un espectáculo montado sobre la exhibición de un pollito que les dejó buenos dividendos hasta que la criatura estiró sus tres patas una mañana de octubre y los obligó al cierre del Museo. Cuando arquean los fondos, la cuenta de la viejita da 12,73 dólares; la del niño, trece dólares exactos. “Mal número –dice la viejita– se nos desinflarán las tortas”, y arroja un centavo por la ventana por las dudas. Todos los cuentos del mundo pueden dividirse en dos clases: los ingeniosos (por ejemplo los fantásticos y los policiacos) y los dramáticos. La fuerza de los primeros reside en el argumento; la de los segundos, en la prosa: como su argumento es sencillo, las palabras tienen que ser extraordinarias. Un recuerdo de Navidad es el ápice de los cuentos del segundo grupo, la mejor página de Capote, de la lengua inglesa y, tal vez, de la literatura.

VER COMENTARIOS
Columnistas