Política y bajos instintos

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Que los dos principales electores del Valle estén hoy tras las rejas...

Política y bajos instintos

Julio 26, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Que los dos principales electores del Valle estén hoy tras las rejas debería ser una razón suficiente para que hiciéramos un profundo examen de conciencia, suponiendo que aún nos quede algo de esa elusiva entidad, la conciencia, “el más alto poema de la materia”, como la definió alguien, quizá un poeta materialista.Con esta hilacha de sentido moral deberíamos preguntarnos cómo fue posible que dos personajes de muy discreta inteligencia se apoderaran de uno de los departamentos más desarrollados del país. ¿Dónde estaban los sacerdotes, los pastores, los medios de comunicación, los columnistas, los industriales, los académicos, Germán Villegas, Roy Barreras, Carlos Holguín, Santiago Castro, Carlos Fernando Motoa, Ubeimar Delgado? Se los voy a decir: unos estaban atomizados en minúsculos y mezquinos grupos políticos; el resto, la mayoría, andaba haciéndole venias a la señora Dilian en los foros, los clubes y los salones, doblados hasta el suelo en cóncavas zalemas ante la encarnación misma del poder. Es lo que hay, decían resignados y pragmáticos. Luego ella salía del recinto en medio de vítores y flashes y su caravana se trasladaba a sitios menos glamorosos, donde se sentaba con cuchillo y tenedor ante un gran mapa del Valle con Juan Carlos Martínez, Carlos Herney Abadía, los hermanos Caicedo y, según las investigaciones preliminares de la Corte Suprema, otros señores aún más oscuros, y se repartían la torta con milimétrica precisión: esta alcaldía para mí, esta para ti, este hospital para mí, la gobernación para ambos, las fincas para mi esposo… Ella era el puente entre el establecimiento y las fuerzas oscuras… (hablo en pasado pero la verdad es que la pesadilla del Valle no ha terminado. Estos sujetos están heridos pero siguen vivos y casi tan poderosos como ayer).El mal momento por el que pasan Toro y Martínez produce un gran frescor, no lo voy a negar. Es probable que sus detenciones marquen el comienzo del declive de sus influencias. Pero también es triste pensar que semejante liderazgo se haya diluido en un mar de babas. ¿Cuántos recursos preciosos se han ido por la cloaca de las bacanales, cuántas sillas escolares deben arder para iluminar los palacios de la soberbia, cuántas camas de hospital hay que desatender para cubrir de rosas el lecho de una señorita prepago?Hay un efecto colateral gravísimo. El pésimo ejemplo de Toro y Martínez les da argumentos a los detractores de los líderes populares, a los críticos del más notable avance de nuestra vida democrática: la elección popular de alcaldes y gobernadores. Los voceros de esas élites que han hecho de la exclusión su bandera y de la avaricia su norte magnético, tienen en Toro y Martínez dos argumentos poderosos para demostrar que debemos volver a nombrar en las más altas dignidades de la administración pública sólo a personas de ‘buena familia’, es decir, a los que llevan doscientos años haciendo alarde de su aparatosa ineptitud.Lo que demuestran los plebeyos Toro y Martínez y los encopetados trece presidentes egresados de la Universidad del Cauca y los cientos de funcionarios demasiado listos egresados de la Universidad de los Andes, es que los peores instintos florecen silvestres en todas las clases sociales.

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