Poemas sobre el viento

Poemas sobre el viento

Noviembre 14, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Armando Barona sabe hacer muchas cosas. Puede cantar, preparar cócteles, cocinar pulpos y bailar tango. Conoce la geometría del crimen hasta el punto de ser, por varios decenios, uno de los más reputados penalistas del país, y se mueve con tranquilidad en los laberintos de la historia -la del mundo y la doméstica. Alguna vez pudo aunar estas dos pasiones, el crimen y la historia, y se convirtió en una suerte de detective histórico que resolvió para siempre el misterio del asesinato del mariscal Sucre. También domina el difícil arte de no hacer nada. La teoría del asunto la aprendió con una maestra de budismo zen. La práctica la hizo en las más rutilantes embajadas europeas. Es tal la maestría alcanzada por Barona en el arte de la inacción, que su lema heráldico reza sin ambages: «Nadie hace mejor nada». También ha escrito sobre mitología, esos relatos de manzanas de oro y dioses lascivos que son, para algunos, cifra y génesis del mundo. Para otros, meros ejercicios de la inocencia y del miedo, como las pinturas de Altamira o los rituales litúrgicos o el escapulario que cuelga con fervor la madre al cuello de su hijo. Pero en realidad la ocupación central de Barona es la poesía, esa manera de celebrar, o de maldecir, que «oscila entre el sonido y el sentido», si nos atenemos a la matemática definición de Paul Valéry. Para decir de una vez palabras fatales, digamos que el verso es transversal a su existencia. En esta, como en otras actividades de su vida, Barona ha demostrado la firmeza de su pulso. En su penúltimo libro de poemas, Canción de invierno, la nota dominante fue la nostalgia. Nostalgia por una mujer cuyo nombre cae sobre el corazón del poeta “como una garúa inclemente”; por un amigo muerto (“la soledad es un amigo que no estᔠle dice a Carlos Holmes Trujillo robándole la frase a un baladista que ya no canta); o por Bolívar: “Ni fueron las tormentas / y los rayos los que fulgieron su derrota”); o por Borges, que “habla como la brisa de un dios aún no muerto”; o a la amiga que recuerda como “una paloma cucurruteando en los rincones de mi hastío”. El libro que hoy nos entrega, Poemas sobre el viento, trae dos novedades. La primera es la reticencia, la elipsis, el no decirlo todo, a veces por pudor, a veces para que el poema termine donde debe ser: en la cabeza del lector. Barona dice: «Escipión arruga el ceño/ y Cartago es destruida» y no dice más. Calla. O susurra: «Tu talle se me escurre como el agua…» y no dice más. Para qué. La otra novedad es el estoicismo, la emoción contenida con que nos cuenta asuntos tan graves como el velorio de su padre: “Los cirios bordean el precipicio de la vida/ y una luz parpadeante ilumina su rostro irreal, ausente/ sin color, pálido y frío como una azucena de olvido/ o como la resaca de risas perdidas después de la tormenta”. Los críticos –o esa deidad severa, la posteridad– dirán cuál es el lugar de este libro en los anaqueles de la historia de la literatura. Mientras tanto, yo agradezco la fortuna de poder leerlo sin esperar el bendito dictamen de los siglos y el raro azar de ser amigo del autor. Post scriptum: esta noche Medardo Arias y yo presentaremos Poemas sobre el viento en el Salón Madera del Centro Cultural de Cali a las 7:00 p.m.

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