Perdón, Graciela

Perdón, Graciela

Febrero 20, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Perdóneme, señora, por mi incapacidad para abreviar su agonía. Cincuenta años de bravuconadas contra Dios, el Diablo, la muerte y hasta el destino, y al final fui incapaz de ayudarla cuando más me necesitó. No pude hacer lo que hace sin parpadear un niño de nuestras barriadas. Me faltó valor. Resulté “un valiente aritmético”, como le dice Yago a un famoso cobarde florentino (nadie insulta como Shakespeare). No pudieron hacerlo tampoco los médicos, maniatados por una legislación farisea. Hicieron lo que podían. Ojalá algún día puedan hacer lo que deben, y los enfermos no tengan que morir en medio de largas y sofisticadas torturas.Que sea lo que Dios quiera, me decía la gente. A usted también le oí esa jaculatoria. Y mire, Él la dejó en la estacada. No se confíe, señora, recuerde que es judío, –le dije muchas veces, pero en ese tiempo las señoras no escuchaban a los jóvenes. Hace unos meses un senador sensato propuso la legalización de la eutanasia activa. Su ponencia fue barrida por 85 votos contra 3. A los senadores les pareció criminal la propuesta. La vida es sagrada, dijeron ellos, que traman sin vacilar masacres y desfalcos billonarios, al tiempo que se persignan por un aborto terapéutico o un matrimonio gay. La vida es sagrada, sí, pero también la muerte. Y nadie, ni el peor criminal, ni siquiera el Congreso en pleno, se merece una agonía larga.La ponencia no era normativa. No proponía la obligatoriedad de la eutanasia. Sólo dejaba entreabierta una puerta piadosa, una salida de emergencia para los que no somos tan confianzudos como para dejarle toda la responsabilidad a Dios ni tan temerarios para dejársela a la naturaleza humana; para los que pensamos que la muerte es demasiado importante para ponerla en manos del azar o de la voluntad de una divinidad mitológica. Así como nadie en su sano juicio le pide coherencia científica a una cosmología religiosa, es inaceptable una legislación religiosa en un país laico, ni sentencias de agonías obligatorias emitidas por los supuestos emisarios de una deidad remota y muda.Quise decir algunas palabras en el sepelio. Recordar por ejemplo que, como eras tan pobre, solo pudiste regalarme dos juguetes infinitos, los números y las letras. Agradecerle por enseñarnos a ser esa cosa noble y fuerte (y un tris aburrida), una familia. Ah, y por enseñarme a pegar una vela en la pared. Pero ni eso fui capaz de hacer. El palo no estaba para metáforas. Perdóneme también esta, “ahora que lo sabe todo”, como le dijo su nieto Fernando. Édgar en cambio, hizo de tripas y corazón y se fajó esta endecha: «Hoy, solo te quedaste dormida, porque seguirás sembrando rosas y geranios en otros jardines de extrañas dimensiones. Y caminarás muy suave para no despertar los tiempos de la noche. Y hablarás muy quedo para que puedan jubilarse los lamentos. Y habrá en los cielos una sonrisa blanca, la de los justos y los buenos. Y no habrá olvido porque en las horas se enredaron los recuerdos. Se quedaron sin huellas los caminos y sin faros las naves en los puertos. Hoy una canción huyó de una guitarra y se fugó la voz de una campana. Hoy escapó el perfume de una flor y se quedó sin rocío la mañana. Hoy se fue el color de las cartillas de primaria y sin sentido se quedaron las plegarias. Hoy un gorrión abandonó su nido y nos quedamos sin su canto y sin sus alas».Adiós, mamá.

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