Pequeños milagros

Pequeños milagros

Mayo 23, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Andan alebrestados los escépticos con la canonización de Laura. Que cómo va a levitar hasta el cielo esa gorda, dicen los arrianos. Que cómo va a ser santa si es paisa, dicen los pelagianos. Que sólo Dios puede alterar las leyes naturales, dicen los ortodoxos. ¡Hombres de poca fe! Los milagros son sucesos extraordinarios, claro, pero suceden con cierta frecuencia. El arcoíris, por ejemplo, es un milagro cotidiano. El primero lo trazó Jehová el día 41 del Diluvio, cuando vio, consternado, millones de cristianos flotando sobre las aguas. Justos y pecadores flotaban. Conmovido, prometió no volver a mandar sobre sus criaturas un castigo tan duro e indiscriminado, y trazó en el cielo el arco de la alianza como prueba de su palabra. El arcoíris, entonces, es rúbrica y promesa.En los andenes de cualquier ciudad venden por dos mil pesos unos paisajes singulares y cambiantes. Los ingredientes son simples, como cuadra a lo maravilloso: agua de colores y arena prensada entre dos cristales. La gravedad y los segundos, es decir, el grave tiempo, van dibujando allí dunas minuciosas y crepúsculos marcianos y paisajes infinitos, y todo por dos mil pesos. A tres metros de allí un señor verboso “rasga” con una peineta de clavos una media velada. Una y otra vez pasa la peineta y la media sigue intacta. El par de medias, atérrese usted, vale la mitad de lo que vale un cuadro infinito. Los escépticos explican el prodigio hablando de prestidigitación o de “tejidos inteligentes” y otros vocablos mágicos usados entre ateos para no mencionar la palabra tremenda que les quema los labios: milagro.En el malecón de La Habana, Ramón Piñeres toca la trompeta. Viste de punta en blanco, zapatos combinados y sombrero café. Toca solo boleros. Y toca solo porque su trompeta llena la playa y no deja resquicio ni siquiera para una discreta maraca. Ramón sopla y las parejas suspiran y se ralentiza el flujo en la avenida y el giro de los planetas en la noche. A veces canta con voz cascada una estrofa. La estrofa. “Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…”. Ramón no recibe dinero: canta solo para que las parejas se quieran más. Gabo cuenta los milagros invertidos de un ángel viejo y turulato. Como el del ciego que oró con fervor y, aunque no recobró la vista, le salió un diente. Cortázar explica que la gente lee muy mal algunos sucesos sobrenaturales. Como el señor al que se le cayeron las gafas y al ver que no les pasó nada exclamó: ¡Esto es un milagro! Acto seguido compró un estuche almohadillado, pero apenas saliendo de la óptica se le cayó. Se agacha a recogerlo con tranquilidad y descubre que los lentes se han hecho polvo. Entonces maldice su suerte sin comprender que los designios de la Providencia son inescrutables y que el verdadero milagro está ocurriendo ahora. En mi secta, “Los hipertensos de los últimos días”, sabemos que los milagros son silvestres. De pronto encontramos, sin buscarlo, aquel viejo estilógrafo. O sale el sol en el último instante de una tarde gris. O florece súbitamente un guayacán amarillo en medio de la avenida. O sonríe entre tules un bebé dormido. O se digna posar sus ojazos en uno justamente esa, la tetialtiva del 508. O estira la pata Videla. ¿Quién dijo que todas las noticias son malas?

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