Ojalá pierda Colombia

Julio 03, 2014 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

“Ojalá pierda Colombia —dice mi tía— ¡Cuántas vidas se salvan si James le pega con el juanete el viernes!”. También están nerviosos los alcaldes y toman medidas de guerra, como si estuviéramos al borde de una catástrofe, no de una hazaña deportiva. Las personas ecuánimes nos persignamos ante los desmanes de nuestra “torcida”. Qué horror, qué chusma, pensamos, sin entender por qué debemos prender candela al nido de la perra por la media volea de James, la volada de Muslera y el soberbio pica barra que hizo cimbrar el piso del Maracaná e infló las piolas del techo de la valla de Uruguay.¿Por qué reacciona de manera tan furiosa la hinchada del país más feliz del mundo? Quizá es que no somos tan felices. La metamorfosis puede ser así: el hincha más feliz del mundo sale a la calle con la bandera en el pecho y la volea en la retina. Su felicidad se multiplica por diez cuando se reúne con otros aficionados, y por mil cuando se toma unas copas. Con el paso de las horas y de las copas la volea se desdibuja, la malla se desinfla, la Harley se vuelve FZ y el buen hombre vuelve al asfalto, a la realidad de un “paseo de la muerte” del que su hijo nunca volvió, o del banco que arrasó con su casa, o del paraco que arrasó con su chagra, o de este congreso, y del anterior, que se embolsillaron sus horas extras... ¡y le prende candela al nido de la perra!Lo que quiero decir es esta obviedad: a un colombiano no le faltan motivos para vivir reputo. Lo asombroso no es que haya disturbios cuando Colombia gana. Lo asombroso es que no los haya todos los días. Con todo, que bueno que Colombia gane mañana. Y cuán posible. Si Colombia y Brasil juegan como lo han hecho hasta ahora, y el árbitro no equivoca, y el horizontal no se atraviesa, Colombia debe ganar. Si Dios existe... no, no metamos a Jehová en esto. Es mejor que los judíos estén al margen. Con la Fifa es suficiente. Primero, claro, por el hecho pueril y egoísta de que es nuestra selección. Segundísimo, porque está jugando el fútbol más estético y efectivo de este mundial. Y tercero, porque un triunfo de nuestra selección puede ser el viento de cola capaz de alzar los ánimos y alinear los planetas que rigen los destinos de Colombia: la minga plural que logró la reelección de Santos y cuya presión puede morigerar el neoliberalismo del Gobierno; el buen curso de los diálogos de la Habana; el apoyo de la comunidad internacional; la continuación de la leve mejoría de algunos indicadores sociales y (Alá es grande) la incursión de Álvaro Uribe en el campo de la oposición constructiva.Es ingenuo, sí, pero no resulta del todo utópico. No sería la primera vez que el deporte inspire a la política. En la Ilíada, los ejércitos hacen una tregua y dejan que la batalla la decida un combate entre Aquiles y Héctor. Héctor muere, pero se salvan cientos de vidas aqueas y troyanas. Los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol son ideas de dos filántropos para estrechar los lazos de solidaridad entre los pueblos y conjurar los horrores de la guerra. Un partido de fútbol le sirvió a Mandela para acercar a los negros y a los carapálidas de Suráfrica. Y algo semejante sucedió en Brasil, nos contó Germán Patiño el lunes en estas páginas, cuando los blancos adoraron a un astro negro en 1938, Domingo Daguía. Por estas razones, y porque sería una prueba más de la revolución que está viviendo el fútbol y de que los pergaminos no juegan, solo los hombres, ojalá gane Colombia mañana. Qué lindo que gane Colombia.

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