Nuestro fútbol y sus Dorados

Diciembre 22, 2011 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Confieso que me encantó el descenso del América. Y no es que yo sea hincha del Cali. Por el contrario, amé y suspiré por el América hasta 1979, cuando llegó Gabriel Ochoa e impuso en Colombia su escuela avara y nerviosa, el 4-5-1, un estilo que copiaba lo peor de la escuela europea (los esquemas ultradefensivos, la prohibición de la gambeta) y ninguna de sus virtudes: la fuerza, la velocidad, la precisión, el excelente estado físico. Por desgracia, la escuela europea se impuso en el mundo. Por eso el fútbol es hoy un largo bostezo interrumpido por el intermedio y por los chispazos de algunos muchachos díscolos, como Messi. El descenso del América es el castigo merecido a un equipo traqueto y a una hinchada esquizoide que destroza siempre todo lo que encuentra a su paso: por felicidad cuando gana, por ira cuando pierde o porque sí cuando empata. ¡A la B, trogloditas, a joder por el asterisco! Como beneficio colateral, anotemos que la crisis económica del equipo perjudica a famosos periodistas caleños que mamaron con fruición las tetas de los carteles. “Es el primer equipo grande que sufre este infortunio”, gimen hoy los mamíferos. Están tan sorprendidos como cuando la Selección Colombia hace su papelón ritual en las eliminatorias mundialistas y en los torneos suramericanos de clubes o de selecciones, y todos los comentaristas piden en coro la cabeza del técnico, como si olvidaran que el fútbol colombiano siempre ha sido un segundón. Nunca ha pertenecido a la A, al grupo de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay. Y las dos veces que ha figurado a nivel regional, fue en circunstancias mafiosas.Vivió su primer Dorado entre 1949 y 1953, cuando los equipos colombianos contrataron jugadores argentinos y peruanos de manera ilegal, hecho que nos significó la expulsión de la Fifa por ser considerada una liga pirata. Nuestro segundo Dorado coincide curiosamente con un periodo en que los carteles invirtieron duro en el fútbol: 1979-1999. Fueron los años dorados. O níveos… La década del 80 la dominó América con una nómina de lujo: Mazurkiewicz, Falcioni, Cáceres, Cañón, De Ávila, Cueto, La Rosa, Cabañas, Gareca, Funes… con semejante “banda” ni siquiera Ochoa podía perder. Y cuando la cosa se ponía dura, los Rodríguez compraban el árbitro. Sin embargo, el equipo nunca ganó la Copa Libertadores. ¿Cómo pudo perder la “Selección América” varias finales de Copa? Nadie ha podido explicarlo, ni siquiera el mismísimo Ochoa. El Dorado del Atlético Nacional va de 1987 a 1999. Al principio las decisiones las tomaba su presidente, un señor Botero, en una celda de Estados Unidos (cuando Botero fue extraditado, la Dimayor tuvo el tierno gesto de suspender los partidos de la fecha en señal de duelo). Luego las tomó don Pablo Escobar sentado sobre un hipopótamo en la Hacienda Nápoles o en la espalda de René Higuita en La Catedral. Conclusión. La “crisis” actual del fútbol colombiano no es un descenso del nivel deportivo sino del flujo de caja negra de los clubes. Hemos vuelto a quedar en nuestras platas, en la B, donde siempre hemos estado realmente, luchando de manera reñida con Bolivia, Venezuela y Ecuador. Y todo porque los padrinos se murieron o están “enCanadᔠy sus descendientes descubrieron que es mejor invertir en política que en deporte. Snif.

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