Nada se construye sobre la piedra…

Abril 05, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Vivimos atalayando mesías, genios y lámparas que nos salven de las hambrunas y de las guerras, del naufragio de la especie en ese mar de sangre y babas que es la historia de la humanidad. Con el corazón en la mano buscamos en el cielo los signos del advenimiento del profeta, del científico, del extraterrestre, del estadista, del economista o del brujo que nos saque del atolladero. Tal vez por esto mismo, por estar buscando los huevos en el nido del gallo, no vemos los millones de héroes anónimos que diariamente salvan el mundo.Pienso, por ejemplo, en esas señoras que madrugan a despachar a los niños para el colegio, se maquillan en los buses o en sus carros mientras cambian el semáforo, trabajan todo el día en una oficina, vuelven a su casa por la noche, revisan las tareas, inventan algo de comida, sacan la ropa de la lavadora, curan los raspones del recreo con un beso, cuentan un cuento, apagan la luz y salen en puntillas.Pienso en don nadie, ese señor jubilado que riega en las tardes su minúsculo antejardín, que sabe reparar cualquier cosa, desde la plancha hasta la cuatrimoto de su sospechoso vecino, que habla de Bismarck, de Vargas Vila y del Banco Ambrosiano, de los mayas y de la Atlántida, que odia a los curas pero le teme a Jehová (¡quién no!), que es resentido, como toda la gente honrada, y que levantó una familia rezongando siempre pero sin claudicar nunca. Si la conociera, su divisa sería la de Rilke: “¿Quién habla de triunfos? ¡Sobreponerse es todo!”.Pienso en una amiga mía, una ambientalista que oscila entre la fe y el escepticismo y que, en cuanto tiene ‘un tiempito’, se mete al primer salón sagrado que encuentra, templo, sinagoga, mezquita o garaje cristiano, y ora a sus dioses para que no estén turbias las aguas, para que no tiznemos más el aire.Pienso en esos poetas sin suerte que siguen ensartando endecasílabos e intercalando hemistiquios en la alta noche, como si de esas músicas dependiera la rotación de las esferas celestes, como si de esas músicas dependiera que se mantengan lacias las colas de los cometas.Pienso en los campesinos de Colombia, que luego de soportar por decenios las infamias del Estado, las salmodias anestésicas de los pastores y las trapisondas de los notarios (amén de las ráfagas de los bananeros, los ganaderos, los ingenios y los palmicultores) siguen aportando el 70% de los alimentos que llegan a nuestra mesa. Pienso en esos miles de millones de personas que todos los días hacen sus tareas con un tesón que ya lo quisiera Alá para sus almuecines. Pienso en esos héroes anónimos que cumplen con fervor el versículo de Borges: “Nada se construye sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es construir como si fuera piedra la arena”. Cuando pienso en la tenacidad de esa multitud, deja de preocuparme que mañana realicen otra cumbre los estadistas, los banqueros, los pastores o los industriales. Sé que por mucho que se esfuercen por destruir el mundo esta noche, mañana madrugarán don nadie, mi amiga la ambientalista, la mamá del principio, el campesino terco y el poeta de las esferas, y volverán a imaginarlo todo y volverá a girar el planeta, así chirreen bastante sus ejes.

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