Muere la música

Muere la música

Febrero 07, 2018 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Periódicamente los críticos y los educadores protestan contra las novelas sobre el narcotráfico. Tampoco les gustan las telenovelas de señores que cantaban muy bien pero se portaban muy mal. A estas críticas, los creadores responden: “Nosotros escribimos sobre la realidad. Hay que cambiar la realidad, no las novelas”. Estoy de acuerdo.

Centro morrongo del narcotráfico nacional, en el Valle del Cauca hay poca narrativa del ramo: “Comandante Paraíso” (Gardeazábal) y “Quítate de la vía, Perico” (Valverde) se inscriben abiertamente en el subgénero narconovela, es decir, relatos que cantan, la primera en ritmo de narco-corrido y la segunda a golpe de salsa, conmovedoras apologías de los exportadores locales.

Tampoco queremos, claro, novelas que censuren el dorado business. Para eso están el ensayo, los columnistas, Dios y la Policía Nacional. Pero sí hacía falta una mirada más aguda, menos obsecuente y más literaria del fenómeno del narcotráfico en esta región.

Con “Muere la música”, Jaime Corrales nos propone su versión. No es un escritor de gabinete. Tiene calle. Y monte. Quizá es por esto que ha logrado una ficción lacerante del mundo de la droga, una que se mete a las barriadas de Cali y a los pueblos del Valle para entender a esos muchachos que le vendieron su alma al dinero fácil en los 90, cuando volvimos a jugar el corazón al azar y nos lo volvió a ganar la violencia.

El narrador se mueve, conoce las historias y las técnicas de los raspachines del Putumayo, ha visto a los ‘cocineros’ chocuanos afinando unos kilos para comer o patraseando unos gramos para el ‘susto’ personal. Asiste a las peleas de perros en los bajos fondos y en los barrios jay, y exuda whisky en las discotecas con los escoltas de “Los cuatro duros de Cali” para armar un macrorrelato que destila un humor bilioso en las páginas pares y nos pone contra las cuerdas en las impares. Ver Cali desde los ojos de estos jóvenes sedientos de poder y sexo, es recordar que el Cartel de Cali existió y se imbricó en todas las esferas del país, así quieran olvidarlo los historiadores pudorosos y el distinguido establecimiento valluno.

Como contó Corrales el jueves en la Biblioteca Departamental, le llevó varios años echarle tijera a esta novela. Echó mano de lo que aprendió en un pregrado de periodismo, de los archivos de los periódicos, en los hornos creativos de los talleres de escritura de la Universidad Central y de la Casa de la lectura, y en la calle, por supuesto. Cuando se atascaba, hacía cuentos para que no se le enfriara la mano (estos cuentos están reunidos en un volumen publicado por la Universidad del Valle).

A pesar de ser una ópera prima, ya es una polifonía coral donde empezamos a entender esa hoguera de las ilusiones que arrastró al país al despiporre del proceso 8000.

Está escrita con una sintaxis clásica, una prosa eficaz, recortes de prensa (principalmente de El País) y una mirada sensible y atenta. Zonas que no conocían el honor de la tipografía (Villa del Lago, Chiminangos, ‘Alfonso Lejos’) aparecen aquí en una lengua precisa y sabrosa, el ‘caleñol’.

“Muere la Música” es una despedida secreta y nostálgica a la Cali bohemia de Andrés Caicedo, esa ciudad cívica de los 70 que se fue borrando con la llegada de los bárbaros y que bajaría en los 90 por el río Cauca arrastrando, con fondo salsero, descuartizados, mujeres caras y reputaciones baratas.

Corrales, una voz para seguirle la pista, presenta su novela hoy a las 7:00 pm en Libertienda Café Libro, Cali. ¡Allá estaré!

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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