Los zapatos de mamá

Julio 21, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

A los once años los niños del Puerto van al río, juegan fútbol o hacen mandados en bicicleta. Pero Fabián no. Clara Luz no lo deja salir porque el frente Manuel Cepeda de las Farc lo quiere en sus filas.Fue por esto que ella se vino a Cali con sus tres hijos. Volvían a la ciudad donde habían dejado enterrados a tres hermanos más. Henry tenía un año de nacido cuando murió; Banderley, 28. Lo mataron en un ajuste de cuentas de pandillas. A Olga la mataron para robarle una bicicleta. Clara Luz alquiló una pieza en el barrio Desepaz. Poco después los dos hermanos mayores se independizaron, Clara Luz se empleó como ‘interna’ en una casa de ricos y Fabián se quedaba solo en la pieza de lunes a sábado. Desde las cuatro de la mañana vendía periódicos en los semáforos, a las once entregaba cuentas y se iba a vender minutos hasta por la noche. Entonces regresaba a la pieza, guardaba el ‘realizo’ y contaba los días que faltaban para el sábado, cuando volvía Clara Luz. Hoy tiene 23 años, es delgado y bajito. Sus manos están llenas de cicatrices pero la que más le duele es la de la espalda, el balazo que lo dejó cojo para siempre.Se le aguan los ojos, le duele hasta el recuerdo.“Esa noche íbamos a visitar unas amigas. Carlos y yo. Él era como un hermano. Pero cometimos un gran error, cruzamos una frontera invisible. Al instante aparecieron dos tipos y uno de ellos le metió un pepazo a Carlos en la cabeza. Carlos cayó al piso. Sangraba a borbotones. Enseguida me disparararon y caí sobre la sangre de Carlos”. El CTI recogió el cadáver de Carlos. La Policía llevó a Fabián a un hospital donde le extrajeron la bala que lo dejó postrado en una silla de ruedas por casi dos años.En esa silla lloró la muerte de su amigo y escuchó la sentencia de que sería inválido el resto de su vida. Tenía 17 años. Pero no se rindió. Hizo terapia con rabia y sin pausa hasta que logró caminar con muletas. Cuando sonaron las campanas de la medianoche del 31 de diciembre del 2013, botó las muletas y decidió que cojearía hasta su muerte. Tenía ya 20 años. No fue fácil. En Colombia, ser cojo y negro no ayuda mucho. Pero luchó. Terminó el bachillerato y buscó trabajo. Una prima suya lo inscribió, en un stand de TÍOS en el Festival Petronio Álvarez, en un programa de capacitación y empleo para jóvenes (TÍOS es una estrategia de intervención social de la Alcaldía de Cali).Hoy trabajaba en una fábrica de zapatillas. Aprendió a manejar con destreza las cortadoras y las cosedoras y lo sabe todo sobre capelladas, suelas, cueros, sintéticos, pegantes, hilos, ojales, suelas y cambriones. Le gusta cantar una canción de Diomedes Díaz. “Por eso Rafael Santos/ yo quiero dejarte dicho en esta canción/ que si te inspira ser zapatero/ sólo quiero que seas el mejor/ porque de nada sirve el doctor/ si es el ejemplo malo del pueblo”.Durante el día, Fabián hace 20 pares de zapatillas. En las noches juega con sus hijas. Hellen Giseth de seis años y Évelin Saraí, de dos meses. Vive con su esposa, Laura Isabel, en una casa de interés social. “Mi mamá cumplió años el domingo. Le regalé un par de zapatos. Para qué se puso a gastar plata, Fabián, me dijo. Cuando le conté que los había hecho yo mismo, se puso a llorar y me dijo que estaban muy lindos. Después los estrenamos bailando El tibiri tábara.”Fabián canta, compone, rapea, les canta a las niñas. Cuando le conté que iba a escribir esta columna, me cogió la mano: “Por favor, ponga ahí que mi mamá es una mujer muy luchadora”.Sigue en Twitter @JulioCLondono

VER COMENTARIOS
Columnistas