Los políticos no son iguales

Los políticos no son iguales

Abril 28, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Habló Fernando Vallejo. Roma Locuta. O mejor, Babilonia, la confusión total. En su alocución anual, esta vez desde la Filbo, dijo que los problemas de Colombia eran ocasionados por cinco factores: el Partido Liberal, el Partido Conservador, Álvaro Uribe, los paramilitares y las Farc. Olvidó el zika, el fenómeno del Niño, la velocidad de los alisios, la injerencia del Banco Mundial, el bajón de James y la llegada de los españoles.Es increíble que un señor tan inteligente y sensible como él, haga afirmaciones tan gaseosas. ¿Cómo puede ser un novelista de primer nivel y al tiempo un analista miope? Hay que aceptarlo, terminó pareciéndose a su caricatura, al Vallejo de la Luciérnaga, al loquito furioso que arroja insultos y piedras sin ton ni son.Es deplorable que delire de esta manera uno de nuestros escritores más destacados; pero hay algo peor: como él ‘piensan’ millones de colombianos. Este pensamiento puede resumirse en la frase ‘todos somos culpables’, una fórmula humildísima que sugiere que todos somos igual de culpables, el cacao y el indigente, el senador de Barranquilla y el concejal de Palmira, el líder gremial y el panadero de la esquina. Y de aquí se llega fácilmente a la perversa conclusión de que ‘todos son iguales’, como piensan Vallejo y tantas almas de Dios que tienen el cerebro arruinado por la indignación (legítima, sin duda) y la pereza. La pereza de estudiar, la pereza de pensar.Afirmar que todos los políticos son iguales es una idea pérfida y falsa en cualquier parte del mundo, pero mucho más aquí, donde la apatía y la ignorancia política y la abstención alcanzan cotas catastróficas. Hay que ser muy ignorante para equiparar a Correa con Maduro; o a un hampón de cuello blanco, como Fernando Collor de Mello, con un líder de la dimensión de Ignacio Lula da Silva. Usted puede odiarlos o amarlos, pero debe aceptar que hay un abismo entre Misael Pastrana y Andrés Pastrana, entre Álvaro Gómez y Carlos Holguín Sardi, entre Alfonso López Pumarejo y Julio César Turbay Ayala, entre Paloma Valencia y María Fernanda Cabal, entre Nelson Garcés Vernaza (q.e.p.d.) y Orlando Chicango, entre humanistas como Rodrigo Guerrero y aventureros como Apolinar Salcedo. Usted puede decir que Ernesto Samper tiene más espalda que principios pero no puede desconocer su inteligencia; puede recelar de Navarro por su pasado pero no puede ignorar su importancia presente. Puede despreciar a José Obdulio Gaviria, Jorge Enrique Robledo, Iván Cepeda, Roy Barreras, Armando Benedetti o Claudia López, pero no puede desconocer su coraje ni su aplicación al estudio de los grandes temas nacionales.Con frecuencia, son los mismos líderes políticos los que se encargan de sembrar la idea de que todos los líderes son iguales. Temerosos de que la gente no comprenda un análisis juicioso de los problemas, se dedican a caricaturizar las ideas de sus rivales, y a los rivales mismos, con análisis reduccionistas y frases para la galería. Así desinforman y terminan de alienar a la opinión pública.La consecuencia más funesta de ‘la teoría de la igualdad’ es la polarización resultante. Si ‘todos son iguales’, porque la gente no distingue matices, los líderes tratan de diferenciarse asumiendo las posiciones extremas del espectro ideológico y se pierde así esa valiosa franja donde suelen encontrarse las posiciones más sensatas: el centro, la zona de la distensión, de las teorías eclécticas y los consensos suprapartidistas.

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