Los Nobel y el payaso

Noviembre 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

La polémica suscitada por el Nobel de Literatura para Bob Dylan, confirma el peso de estos premios, la relevancia de un músico que llevaba muchos años nominado en letras sin que nadie se rasgara las vestiduras por ello, y habla bien de la ‘opinión pública’, esa entidad tan cuestionada, cuya existencia misma está en entredicho y a la que muchos consideramos ajena al mundo del arte, la ciencia y la política. La lista de los escritores que han recibido el Nobel de Literatura es tan linajuda como la de los reprobados. Entre estos hay nombres como el de Kafka, el manso y singular orejón de Praga que enloqueció las brújulas de los críticos al poner el nudo en todas partes y el desenlace en ninguna, o Borges, el minotauro de Buenos Aires, vetado por Artur Lundkvist, el único miembro de la Academia Sueca de Letras que leía bien español: “Borges no ha escrito nada importante en los últimos 20 años”, dijo el hombre en 1982, a raíz del Nobel de Gabo, cuando Borges tenía 83 años y ante su obra se inclinaban conmovidos lectores y críticos de credos muy diversos, y ante la cual me inclinaré yo también… cuando la lea. La Academia Sueca de Ciencias ha tenido descaches mayúsculos, pero el mayor sucedió en 1921, cuando le dieron el Nobel de Física a Einstein por su descubrimiento del efecto fotoeléctrico, un hallazgo notable en el campo de los electrodomésticos nuestros de cada día, sin duda, pero poca cosa si se lo pone al lado de ese vasta cosmología plástica codificada en su teoría de la relatividad.El Nobel de Paz es el más polémico porque siempre es político, porque deberían declararlo desierto anualmente en un mundo que vive en guerra y porque lo reciben justamente los señores que hacen las guerras: Obama, Arafat, Isaac Rabin, Santos… Las naciones más belicosas de la historia son las que tiene más nobeles de paz: Francia tiene nueve, el Reino Unido doce, Estados Unidos veinte. Pero no es un premio cínico: se entrega cuando el Comité Nobel Noruego considera que estos ajedrecistas de la muerte, ya viejos, ahítos de oro, ahítos de sangre, desengañados de todo, mueven las fichas de la paz. El Nobel a Santos (como su visita a la reina Isabel, la única ‘visita de Estado’ que recibirá este año), como tantos otros actos internacionales de apoyo al Gobierno, son espaldarazos a esa paz que todos queremos, incluso los líderes del No, si nos atenemos a las declaraciones de sus líderes. Repitámoslo de nuevo: no se trata de Santos, se trata de una cuestión de vida o muerte, la paz. Volviendo a Dylan, considero un acierto que premien a un músico que ha escrito tantas canciones de hondo valor literario y humano como las suyas. Y no es la primera vez que sucede. La Academia Sueca ya había premiado en 1913 a otro poeta que se ganó el Nobel por sus canciones, Rabindranath Tagore, el autor de los himnos nacionales de India y Bangladés.Pero hay que decir que Dylan se portó como un divo adolescente y malcriado. Un señor como él, un viejo venerable, lleno de honores, talentos y sabiduría, no tenía por qué montarle ese show a un tribunal compuesto por unos señores que no hacen sino rendirles tributo a los sabios del mundo. Dylan solo tenía que decir sí o no, sin tanta dilación, como lo ha hecho tantas veces ante premios menos significativos y mucho más discutibles que el Nobel de literatura. Pero no. Se escondió quince días y se burló de la Academia para decir finalmente que sí, que el dios Dylan condescenderá al Nobel como una muestra más de su graciosa magnanimidad. ¡Payaso!Sigue en Twitter @JulioCLondono

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