Los disparates de Gardeazábal

Mayo 31, 2017 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

Reseñé aquí hace 15 días el comentario del profesor Óscar Osorio sobre Quítate de la vía, Perico, de Umberto Valverde, un homenaje nostálgico a la Cali de finales de siglo de los hermanitos Rodríguez. Nuestro gran Gatsby. La otra novela “pro-narca” criticada por Osorio es Comandante Paraíso, de Gustavo Álvarez Gardeazábal. No creo que ninguno de los dos novelistas objeten la etiqueta “pro-narca” porque ambos son pro-narcos reconocidos, lo que no es deshonra. Lo discutible son sus argumentos.

Comandante Paraíso transcurre en la segunda mitad del siglo XX y cuenta la vida del Comandante, un matón lascivo empeñado en vengar la muerte de su padre. "Yo hago el amor a lo macho-macho, con las mejores hembras, con los mejores muchachos, con unas burras preciosas y hasta con una perra gran danés que me trajeron adiestrada para que no me fuera a morder a la hora de la verdad”.

Está narrada a dos voces, la del Comandante, el supermacho, y ‘el doctor’, un académico que analiza el narcotráfico y la violencia con razones idénticas a las Gardeazábal en “La revolución incompleta del narcotráfico”, ensayo donde sostiene que, para ser una verdadera revolución, al narcotráfico sólo le faltó una ideología y un líder que condujera la transformación social.

Para el doctor, el narcotráfico significó una revolución superior a la cubana, modernizó la agricultura (“los narcos metieron la plata que los viejos ricos nunca quisieron poner para que el campo se desarrollara”), benefició a los pobres, facilitó el acceso de los campesinos a los bienes de consumo y produjo una revolución agraria que cambió la propiedad de la tierra. (¡Recórcholis, Tavo!)

Para el Comandante (el otro alter ego de GAG) el problema del narcotráfico se resuelve cuando se legalice la droga “y los mafiosos se tomen el poder por la vía de las armas y establezcan un gobierno mafioso que logre el reconocimiento de la ONU”, según la paráfrasis de Osorio.

Para explicar el desorden y la violencia en Colombia, el doctor se pone étnico y fatal: “La mezcla de tres razas violentas: el indio, el negro y el español durante la Conquista y la Colonia, produjo individuos con una predisposición natural al delito”. Este cabezazo parece calcado del siglo XIX, cuando los precursores de GAG intentaban explicar el origen de la violencia en Francia o en Sumatra, en las sucias cavernas del paleolítico o en las sucias calles de la revolución industrial, con teorías racistas y fatales.

Por eso es que en este país todos aspiramos a ser bandidos”, confiesa el doctor en la pág. 73, y uno ya no sabe si está explicando el sino trágico del colombiano o las razones de su salida de La Luciérnaga por la puerta de atrás.

El “pensamiento” político de GAG es muy singular porque una narcocracia con función social es una ternura inédita, y un narco con ideología es como un porno con argumento. GAG Desprecia al establecimiento, pero sueña con un país donde los bandidos sean el nuevo establecimiento. Su intensa vida social nos recuerda a esas madames “trepas” que se jactaban de recibir en sus salones a los aristócratas durante el día y en la noche los descueraban sin consideración.

Si consideramos que este señor ha brillado por décadas en la literatura, el periodismo, la política y las páginas sociales, hay que concluir que es un milagro que el país no esté peor.

(Los comentarios de Osorio están reunidos bajo el título El buen traqueto, en la compilación de ensayos Miradas Oblicuas. Univalle, 2015).

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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