Los aforismos de Pedro Vargas

Agosto 16, 2017 - 11:55 p.m. Por: Julio César Londoño

El aforismo es el quantum del pensamiento, un ensayo brevísimo (el ensayo es un comentario en prosa sobre cualquier tema). Resume en dos líneas la introducción, el desarrollo y la conclusión. Es tan breve, que muchas veces la conclusión cae fuera del texto, justo en la testa del lector. Está sujeto a varias tensiones: no puede ser tan extenso que se confunda con el ensayo breve (dos párrafos ya es demasiado) ni tan breve que se vuelva indescifrable, fragmento de haikú, jirón de frase, pista de adivinanza.

No puede ser muy obvio porque quiere ser moderno, sugerir, no explicar. Pero tampoco tan oscuro que lo afecte el feroz epigrama de Borges: “Hay autores que parecen oscuros por su profundidad, y hay otros que quieren parecer profundos a fuerza de oscuridad”.

Tiene que ser irónico porque ¿quién quiere escuchar sermones hoy? El aforista siempre incomoda. En los peores momentos, nos pone al frente su espejo. “El buen poeta encuentra poesía incluso en su familia” (G. K. Chesterton). “La diferencia entre un capricho y un gran amor es que el capricho dura más” (Óscar Wilde).

El aforista blasfema porque es un ángel caído. Jamás repetirá máximas cívicas, morales o ecológicas. Sabe que no tenemos derecho a entonar villancicos después de Auschwitz, etc. Sin embargo, sus blasfemias resuman humanidad. “Por qué te hizo el destino pecadora/ si no sabes vender el corazón” (Agustín Lara).

O escupen franquezas. Es fácil escribir himnos nobles, pero requiere mucho valor reconocer nuestra ruindad. “En la desgracia de un amigo hay algo que no nos molesta”. (Rochefoucauld). “La honestidad no es natural. De aquí ese aire resentido de la gente honesta”. (Millor Fernandes).

Por estas exigencias de estilo (y desengaños) los aforistas son personas mayores. De aquí mi sorpresa con los aforismos del joven filósofo Pedro Vargas Giraldo, compilados en el volumen Desinencias, que explotará en septiembre en las librerías del país.

“Es irrelevante que el origen de nuestras respuestas descanse en la ciencia, la intuición o Dios. Es el efecto tranquilizador de toda respuesta lo único que cuenta. En fin: el efecto terapéutico de toda explicación”.

Tiene varias sentencias-espejo. “Es nuestra capacidad de autoengaño la que nos hace aptos para la vida”.

“Sólo hay miedo”.

“Nuestra única tarea: fracasar… decorosamente”.

“El vacío es uno solo. ¡Pero qué gran diferencia existe entre el alba y el ocaso!”.

Hay dos que se muerden la cola. “El infierno es uno mismo”.

“Creo que dudo”.

Otros apuntan a las agonías del estilo. “Escribir es un fracaso diferido”.

“La primera línea de toda plegaria debería decir: “De la grandilocuencia, ¡líbranos por favor!”.

Hay uno que le habría encantado a Freud. “Esa ausencia sublime que es el arte”.

Este no lo he podido clasificar. “¿Hay diferencia alguna entre dar un paso (¡uno solo!) y construir la muralla china?”.

Este es una crónica escueta. “La historia, esa suma de modalidades para asesinar”.

Este solamente lo comprendemos los especuladores profesionales. “Quien no se considere a sí mismo como la fuente de sus especulaciones no es de fiar”.

Los aforismos son varias cosas: filosofía comprimida, espejos implacables, bocetos de síntesis, gritos flemáticos o ejercicios de redacción muy sofisticados. Las desinencias son, además, mecanismos esféricos de alta precisión, uranio enriquecido para la estimulación del pensamiento. Gracias, maese Pedro.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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