‘Líneas rojas’

Marzo 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Tal como se temía, no salió humo blanco en La Habana ayer. La justicia transicional resultó un tema mucho más difícil que el desarrollo rural integral, los cultivos ilícitos o la reparación a las víctimas. Para el gobierno y para la oposición, la concentración de los guerrilleros de las Farc en unos pocos puntos de la geografía nacional es una ‘línea roja’, una condición vital para poder realizar el trabajo de verificación del cese de hostilidades definitivo que seguiría a la firma de la paz, o del fin del conflicto, para no hacer cuentas muy alegres. Esto es clarísimo. Pero las Farc consideran que su reclusión en estos puntos es humillante. Nadie pelea 50 años para autoconfinarse al final. Además, si van a estar encarcelados y lejos de los centros urbanos, no podrán hacer política, su objetivo último en esta negociación. Clarísimo también. Conciliar estas dos posiciones no será fácil. La dejación de las armas es un tema menos complejo, pero no es pan comido. La relación de un soldado con su arma puede ser más entrañable que sus relaciones personales, y su entrega tiene un gran peso simbólico: significa rendición. Hay que considerar también la preocupación de los guerrilleros por su seguridad una vez que se desarmen y desmovilicen. Es una preocupación real, sobre todo si se negocia con un Estado y una sociedad que tiene una ‘mano negra’ vieja y larga. Si se logra superar esta desconfianza y garantizar la seguridad de los guerrilleros desmovilizados, el asunto del sustantivo a usar (dejación o entrega) y del destino final de las armas (horno de fundición o el fondo del mar) serán problemas menores.La participación en política de los guerrilleros hiere la sensibilidad de un amplio sector de la población. Tienen razón, en parte. Pero deberían recordar dos cosas: que el establecimiento colombiano no es exactamente el más pulcro, y que la historia está llena de subversivos que dejaron las armas y ocuparon luego cargos públicos. El actual viceministro de Irlanda, Martin McGuinness, por ejemplo, fue líder del IRA. Desempeña su cargo con probidad y nadie se rasga las vestiduras porque haya sido “terrorista”. Antonio Navarro salió de las filas del M-19, como Everth Bustamante, uno de los alfiles del uribismo. Las Farc fueron liberales en su origen. Luego fueron comunistas y ahora son laxas, tan laxas como buena parte de la población. Hace 30 años la gente las odiaba por comunistas. Hoy las odia porque “abandonaron sus ideales”.Así deje un regusto amargo, está bien que se aplace la firma final hasta lograr la cuadratura del círculo: conciliar los intereses del gobierno, los temores de las Farc y las exigencias de la oposición. Luego vendrá el verdadero desafío: desarrollar el campo, resarcir una parte de los seis millones de víctimas, restituir siquiera parcialmente los seis millones de hectáreas despojadas, idear alternativas de indemnización, instituir políticas públicas de equidad… y hacer semejante tarea en medio de los odios y los resentimientos que nos carcomen a campesinos, citadinos, intelectuales y líderes políticos. Este odio que se siente en nuestras columnas de opinión, en el capitolio y hasta en las conversaciones de una misma familia, y que no desaparecerá por arte de magia el día de la firma del fin del conflicto con las Farc.La tarea es larga y muy difícil, claro, y tenemos solo dos alternativas: empezar a hacerla ahora, o chapotear alegremente sobre grumos de sangre durante otros 50 años.

VER COMENTARIOS
Columnistas