Letras y conducta

Julio 19, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Los más altos autores han tenido siempre una marcada debilidad por los más bajos instintos. Los héroes de la literatura clásica son una prostituta, como en Molly Flanders de Daniel De Foe, un asesino como en Ricardo III de William Shakespeare, un ladrón como en Los miserables de Víctor Hugo, o un ladrón asesino como en Crimen y Castigo de Fiodor Dostoievski, o un cacorro otoñal enamorado de un niño matón, como en La virgen de los sicarios, y uno se pregunta cómo es posible que los padres dejen semejantes libros al alcance de sus hijos. La respuesta es simple: los padres no los han leído. Se limitan a comprarlos y a ordenarles a los pequeños que los lean mientras ellos, los padres, se echan frente al televisor.¿Por qué son tan sórdidos los personajes de la literatura? Porque si fueran personas intachables los libros resultarían muy aburridos. Una señora fiel, un señor que paga sus impuestos y un niño que se cepilla los dientes son literariamente inútiles. El drama se nutre del conflicto, y el conflicto siempre tiene que ver con trasgresiones a las normas de la ética o del código penal. Tampoco pueden ponerse los escritores a fustigar el crimen porque la gente puede pensar que son fabulistas rezagados. O candidatos a corporaciones públicas. O testaferros del procurador. También puede explicarse este morbo por la naturaleza de los escritores, un gremio amante de la bohemia y la vida muelle, cosa que los emparenta más con los políticos que con la gente honorable. Ejemplos no faltan. “Si fuera a filosofar sobre este aspecto –escribe Paul Valéry–, tendría que dejar bien claro que el poeta no es un ser especialmente social porque no es encasillable en ninguna organización utilitaria. El respeto a las leyes civiles expira en el umbral del antro en que se forman sus versos. Homero mendigaba; Virgilio y Horacio adulaban; Villon atracaba; el Aretino se las sabía todas... Balzac se arruina en hábiles bancarrotas. Lamartine pide. Verlaine vive de trampas y limosnas. Bajo Luis XIV se buscaban pensiones. ¡Cuántos parásitos bajo Luis XV! Muchísimos trabajan en oficinas. Huysmans daba lustre a la policía. ¡Para ganarse la vida, Mallarmé trabajaba como profesor de inglés!”. (Estudios literarios). Entre nosotros hay pillos de buena familia, como José Asunción Silva, viciosos de la plebe como Barba Jacob, blasfemos maricones como Vargas Vila, compositores de brindis como Otto Morales y hasta un ‘soldado-poeta’, Julio Arboleda, un señorito caucano que resultó mal soldado y mal poeta.Con todo, sería injusto afirmar que los literatos son apologistas del crimen. Quizá les simpatice un carterista o un ladrón de bicicletas, pero abominan del asesino casi tanto como del policía. Y como no les sienta rasgarse las vestiduras ante el crimen como cualquier caballero del opus dei, ni aplaudir delincuentes como un imbécil, entonces los contemplan con piedad y lucidez, y nos muestran los complejos razonamientos que llevan a Raskolnikov a darle hachazos a una viejita usurera, o nos descubren que es la mera vanidad lo que hace del protagonista de La caída, de Albert Camus, un juez intachable. Tal vez la misión moral del hombre de letras, si es que le compete tal papel, es la de fundar una supra-ética, legislar con más humanidad que los códigos y con menos prejuicios que las religiones.

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