Lengua o sexo

Noviembre 28, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Mis amigos se dividen en dos: los que adoran la conversación y los obsesionados por el sexo. Pertenezco, ay, al primer grupo. Creo que conversar es más descansado que andar resoplando para hacer «la bestia de doble espalda», como la llamaba Shakespeare. Claro que hallar buenos conversadores es difícil. La mayoría de la gente no tiene mucho que decir, o tiene pero no sabe cómo decirlo y, lo que es peor, les encanta el sonido de su propia voz. Necesitamos con urgencia una gramática de la conversación, con un capítulo central dedicado al arte de saber escuchar. Todo el mundo quiere hablar. Nadie oye con el corazón. Conversar es, sobre todo, tratar de entender lo que el otro quiere decirnos. Por lo general, las discusiones son un diálogo de sordos. Quizá es por eso que fracasan. Nueve de cada ocho personas que parecen escuchar con interés, solo están esperando una oportunidad para raponearnos el uso de la palabra. También hay personas inteligentes, bien informadas, con humor, elocuencia y capacidad de síntesis… pero se aburren mucho con uno.El género morrongo prefiere el sexo. Resulta sorpresivo que incluso ellas, maestras de la conversación multicanal, prefieran el sexo.A pesar de mi priapismo crónico, o tal vez por eso mismo, insisto en que la conversación es superior al sexo en muchos sentidos. Por ejemplo: mediante el ejercicio de la conversación, nadie contrae enfermedades mortales. Se la puede practicar en cualquier parte, sin necesidad de esconderse, ni de cargar un kit (pastas, aceites, condones, chicles, etc.). Para iniciar una conversación no se requieren largas peregrinaciones por salones, cines, cafeterías, restaurantes, discotecas. Basta con una pregunta sencilla, dónde queda el CAM, por ejemplo, y ya está usted en situación. En cambio, uno no puede abordar a la primera que pase y preguntarle sin más ni más, como quien habla del clima, «Señora, ¿dónde queda su punto G? Yo soy talla H, si gusta le jalamos… sin compromiso, mi señora…».Se puede ser más sutil, por supuesto. Por ejemplo: «Nena, ponte una minifalda y un sobretodo y te invito a comer bife con chorizo en Andrés Carne de Res», pero eso es carísimo y luego todo el mundo se entera. Hasta la Policía. Como se supone que el sexo es algo extraordinario, exige champaña, luz tenue, músicas delicadas, campos de plumas... Para la conversación, en cambio, un cigarrillo donde apoyar la mano y un poste para recostar la espalda son suficientes. En la conversación, el bostezo es subsanable («¡qué hambre, comamos algo!») pero si bostezas durante el coito, te sacarán los ojos con sus horribles uñas decoradas. Por ineluctables razones exocrinas, la fornicación exige bañarse antes y después. Siempre. Bueno, no siempre: como ya explicó W. Allen, el sexo solo es sucio cuando se lo practica como Dios manda (también hay que aceptarle que el sexo sin amor es una experiencia vacía, pero, como experiencia vacía, ¡es de lo mejor!).Conclusión: lo mejor, dicen los entendidos, es amar a mujeres conversables, o conversar con mujeres apasionadas… pero estos especímenes son irresistibles y envician tanto que conducen de manera inexorable al matrimonio, es decir, al desierto de la entropía sexual, al agujero negro de las disfunciones y el silencio helado.

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