La rosa azul de la mañana

Octubre 11, 2012 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

En medio siglo de lectura he descubierto algunas líneas nítidas. Por ejemplo esta de Millor Fernández: “El inventor del alfabeto era analfabeto”. O esta de Woody Allen: “No puedo escuchar a Wagner porque de inmediato me entran ganas de invadir Polonia”. O esta otra del mismo judío ocurrente: “El sexo sin amor es una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es la mejor”.Es verdad que Allen está dedicado a la impresión de frívolas postales turísticas en serie (Vicky Cristina Barcelona, Medianoche en París, A Roma con amor) pero la calidad de su humor no se discute y se la puede apreciar muy bien en libros como Cuentos sin plumas (Tusquets).A la vieja fórmula de la felicidad: salud, dinero y amor, los griegos descubrieron que debíamos agregar la petición de una buena muerte. Los exigentes pedirán, además, sabiduría. Pero todo esto es prosita al lado de una línea que lo resume todo: “Que la muerte te acoja con tus sueños intactos”. Mutis entendió que lo peor que podía pasarnos era la pérdida de los sueños. Que empezábamos a morir el día que dejábamos de acariciar proyectos. El verso abre el poema Amén de Álvaro Mutis. Fue un error ponerlo allí porque luego el lector siente que el poema decae, a pesar de que contiene otros versos casi tan espléndidos. El poeta debió cerrar con semejante hallazgo, no abrir con él.Pero quizá la mejor línea que haya leído está en un poema que está titulado con una cita de Stephen Hawking: “La vida es un fenómeno presente sólo en la tierra”.Suficiente milagro haber nacido/ abrir los ojos/ habitar la tierra/ respirar al unísono con otros/ cortar la rosa azul de la mañana/ ser esta cosa que agoniza y canta/ sentir la densa atmósfera en los poros/ la luz/ esa promesa de la aurora que también será sombra./ Oír el viento/ la canción de natura que despierta y sigue su ritmo compulsivo./ Palpar la flor que se abre a los deseos/ asistir al suceso de la vida diversa./ Tengo poco/ no ostento privilegio distinto al de estar vivo en mitad de lo inerte./ Sé poco/ sólo que soy partícipe del don maravilloso de ser en este instante/ en este sitio./ Comparto con los otros la certidumbre de saberme la chispa en el vacío/ un segundo en lo eterno/ el hombre/ el libre/ criatura audaz/ imposible posible/ en el vasto universo presentido.Es un poema lleno de aciertos. “Cortar la rosa azul de la mañana” no dice nada pero lo dice todo. Del resto podía haberse encargado un filósofo de buen pulso, pero este verso sólo lo puede hacer un poeta. “Palpar la flor que se abre a los deseos” es una línea explícita y delicada a la vez. En lugar de repetir que la “vida es efímera”, que apenas vivimos un instante entre dos eternidades, nos regala esta imagen poderosa: “Comparto con otros la certidumbre de saberme la chispa en el vacío”. El poeta no lloriquea: estampa. Para recordar la rareza de la vida en el universo conocido, le basta definir al ser humano con este austero oximoron: imposible posible.Aunque cada uno de estos versos sabe herir, hay uno especialmente letal: “Ser esta cosa que agoniza y canta”. Si el verso de Mutis sabe definir el final, el de Mondragón se encarga de toda la partida. Y de paso jode: llama simplemente “cosa” al ser humano, a ese bípedo arrogante que se cree la gran cosa.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad