La respiración de Homero

La respiración de Homero

Mayo 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Julio César Londoño

Los signos de puntuación son un invento tardío. Durante más de mil trescientos años los libros anduvieron por el mundo sin una mísera coma, como si fueran la trascripción de la cantaleta de un energúmeno incontinente.Los inventó Aristófanes de Bizancio en la Biblioteca de Alejandría hacia el año 200 a. C. La cosa pudo ser así: cuando preparaba una lectura pública de la Ilíada, Aristófanes leyó: “Canta oh musa la cólera del pélida Aquiles” (para evitar ahogos y tropezones durante la función, nadie leía en público sin echarle una mirada previa al texto). Volvió a leer la frase, la midió con su oreja filológica y puso una marca para recordar que debía hacer una pausa corta después de canta, puso otra igual después de musa, y dos marcas después de Aquiles, donde sintió que iba una pausa más larga. Después inventó un signo para indicar ‘silencio’, y otro, muy largo, que utilizó para dividir el libro en ‘cantos’, algo equivalente a nuestros capítulos. Así nacieron los signos de puntuación, esas partículas mínimas y poderosas que descubrió Aristófanes mientras trataba de auscultar, a través de los siglos, la respiración de Homero. En el siglo V San Jerónimo inventó la per cola et commata, una convención tipográfica que consistía en iniciar cada frase en un nuevo párrafo y con una letra que sobresalía del margen, como en la sangría francesa. El sistema fue estrenado en su Vulgata, la edición canónica del Nuevo Testamento.En 1566 el impresor y calígrafo Aldo Manuzio les dio las formas actuales al punto y a la coma, y precisó su sintaxis en un folleto titulado Interpungendi ratio. “Pensó que hacía un manual para tipógrafos. En realidad les estaba regalando a los lectores del futuro los dones del sentido y la música. Gracias a Manuzio, hoy tenemos a Hemingway y sus stacattos, a Becket y sus recitativos, a Proust y sus largos sostenidos”. (Alberto Manguel, una historia de la lectura).Isaac Babel amaba el punto por encima de todas las vocales. “Ningún hierro puede hundirse en el corazón con la fuerza de un punto puesto en el lugar preciso”, dijo una vez rendido de amor. Unos 450 años después de Aristófanes, pero en la misma Biblioteca, ocurrió un suceso importante para el mundo del diseño: la invención de las capitales, esas letras grandes que marcan la inicial de los capítulos. Se las debemos a Orígenes de Alejandría, un teólogo neoplatónico que emprendió, luego de hacerse castrar por su médico para que los afanes de la carne no lo distrajeran de su tarea, la composición de la Edición exaplar de las Escrituras. En folios a seis columnas transcribió las cuatro versiones griegas más importantes de los libros sagrados, la versión hebrea y una traducción al griego de ésta hecha por él mismo.Cuando puso el punto final, luego de 17 años de trabajo (era ya un anciano), ordenó que un ejército de escribas (era inmensamente rico) hiciera copias de su obra para distribuirlas en las iglesias cristianas de Grecia y Egipto. Contrató miniaturistas que historiaran las iniciales de los capítulos y quiso que las de todos los párrafos fueran iluminadas con rojo en homenaje al pueblo que inventó el alfabeto fonético, el fenicio –palabra que significa rojo. Quizá es por esto que en la escuela escribimos con rojo los títulos. Rendimos, sin saberlo, homenaje a los fenicios.

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